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miércoles, 14 de diciembre de 2011

Jodidos pero contentos.

Cómo están los tiempos! El mundo está irreconocible, pero si ya no nos alegramos por encontrar trabajo sino porque nos convocan a una entrevista. Y allá que vamos, contentos, sintiéndonos afortunados porque el dedo de la fortuna nos ha permitido competir con una piara innumerable de otros en la misma situación que nosotros.

Un mundo en el que la deriva es clara: sólo somos personas tras las cuatro paredes que habitamos, el que las tenga claro. En los demás lugares podemos ser números, mercancía, usuarios e incluso ciudadanos. Este último, hasta hace poco, me parecía un término hermoso, pero en la situación actual, que ejerce de piedra afiladora para mis suspicacias, esta ciudadanía se me asemeja cada vez más a un corsé apretado; estampado, para disimular, con alegres dibujos que ocultan una moralina dudosa y esclavizante. A saber, no se puede ser simple y llanamente ciudadano, hay que esforzarse por ser Buen Ciudadano. Si seguimos con el símil de corte y confección, esto significa vestir atuendo normalizado para todos, que nos asimile, te quepa o no, combine o no con el color de tu mirada. Uniformarnos al fin y al cabo dejándonos elegir el color de nuestras cadenas. Igualdad mal entendida. Reducción a términos mínimos manejables más bien.

Todo está cambiando. Es el miedo. Lo dicen sesudos autores que con mayor o menor acierto aprovechan la coyuntura para dar luz a ideas que hasta ahora no habían sido consideradas porque no atraían a nadie y, en consecuencia, no daban dinero a los de siempre. Por ejemplo, son varios los conocidos que me han dicho últimamente, Lee a Chomsky, tienes que leer a Noam Chomsky, Chomsky, Chomsky, Chomsky. Qué sí, no te apures, lo haré! Cómo si no pudiera sacar ejemplos cada día, en el mismo rellano de la escalera sin ir más lejos, de los efectos de la inoculación del miedo. Porque lo hemos probado de todos los colores y sabores, en todas las presentaciones posibles, de marca y genérico. Comido como aperitivo, para acompañar la cerveza como si fuera un plato de altramuces. Las madres lo extienden en el bocata que los niños se llevan a la escuela y condimentan con él el cocido para toda la familia: cubitos de caldo para realzar el "pavor" de los alimentos. Tanto lo hemos tomado que nuestro cuerpo ha desarrollado una peligrosa tolerancia al miedo y necesitamos dosis cada vez más elevadas para poder estar tranquilos y alcanzar nuestra apática actitud conformista de siempre. Pero eso da igual, el miedo es fácil de producir y distribuir, tendremos siempre la cantidad apropiada, por inconmensurable que sea. Y si a alguien le revientan las entrañas por sobredosis siempre se podrá decir que ha muerto de otra cosa, da igual de qué, de almorranas por ejemplo. Porque el miedo sólo es asesino teatral en las novelas victorianas, en ellas deja el rictus congelado de la víctima, los ojos espantados y vidriosos, los pelos de punta y la piel lívida; como los de cualquier persona que uno pueda encontrarse por la calle dando un paseo vamos.

El mundo está cambiando. A las personas se les exige que lo hagan en el mismo sentido. Y vamos nostros y lo hacemos, es más cómodo así. Preferimos olvidar que algún lumbreras ha invertido la ley de causa y efecto. Las personas dicen, hacen, planifican, sueñan, exigen, proponen, disponen... y después la realidad cambia, no debe ser al revés. Pero claro, si sólo somos personas tras nuestras cuatro paredes (argumentos aparte que desmientan esta libertad doméstica, que los hay en abundancia), tendremos que conformarnos con refundar allí nuestro reíno. Eso si no llegan los suecos a ofrecernos uno prefabricado. Os suena el latiguillo publicitario, "bienvenido a la república independiente de tu casa". Perverso no?

jueves, 1 de diciembre de 2011

Luz de Agosto


Conocí a un poeta. Me atraía su aspecto desaliñado. Era delgado, con un aire bohemio un poco artificioso. Nos vimos varias noches. Bebíamos y hablábamos mucho. Un día me invitó a su casa y yo, a pesar de estar deseándolo, preferí hacer un último movimiento de seducción antes del intercambio de fluidos, Hasta que no lea algo tuyo no me dejo hacer, le dije.

A la mañana siguiente recibí en el correo electrónico un envío suyo. Lo prometido es deuda, rezaba el asunto. Traía adjunto un archico con un título sugerente aunque algo tópico: Luz de Agosto. Cuando lo abrí para leerlo descubrí que se trataba de su última factura eléctrica. Quizás esto es lo mejor que es capaz de escribir, pensé.