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miércoles, 19 de diciembre de 2012

Ausente

He pasado unos días ausente, y no sé dónde he estado, sólo sé que no aquí, no conmigo, no con él que solía ser. Extrañamente me siento tranquilo, como si hubiera cambiado a mejor. Ese afán tan humano de ser felices haciendo cosas que nos satisfagan.

Como siempre me muestro ambicioso en mis conclusiones a pesar del Pepe cigarrón cínico que no duerme nunca y me dice, Ya estás otra vez, nada ha cambiado, es sólo que no tenías ganas de andar por aquí, pero ya estás como siempre.

Estuve preocupado porque me ponía a escribir sobre algo y me desinflaba a los dos párrafos. Ahora sé que no pasa nada, que no sólo estoy aquí para escribir aunque sea algo que ya está adosado a la persona que soy. Sé que siempre desembocaré en esto, unas líneas en este blog, en mi cuaderno de notas, un relato suelto de vez en cuando, pero sin perseguir nada, sin la sensación de estar siempre con la lengua fuera y persiguiendo bichos que no existen para darles muerte a pellizcos. Además están los versos, que siempre andan por ahí revoloteando y que cuando menos me lo espero se mueren y los encuentro secos en mi regazo, en el estado ideal para meterlos entre dos páginas en blanco y que se conserven.

He pasado unos días ausente, porque no podía ser de otra forma, para darme cuenta que la escritura (aquí y fuera de aquí) es sólo una parte de mi realidad.

Y es que en contra de lo que se dice en las películas si deseas algo con mucha fuerza no tiene por que cumplirse. Es más, suele irse a la mierda y tú quedarte rastreando pistas falsas y bordeando la desconexión con eso tan ecológico que es el entorno.

Así que hola, qué hay de nuevo?

sábado, 27 de octubre de 2012

Mientras...

...espero el autobús, línea 3 (San Jerónimo-Heliópolis)

Extraida de http://www.fotocommunity.es/pc/pc/display/21755122
La luz blanca después de la lluvia hace aparecer el puente limpio y presta a los pretiles de cristal de las balconadas de los edificios caros en la manzana contigua a los bloques donde vivo una opacidad azulada que no creía poseyeran. Este blanco amable hace aflorar cualidades insospechadas en lo que me rodea. El asfalto de la avenida parece suave ahora que ha perdido su tono gris tan áspero. El albero se asemeja a una pulida pista de patinaje alrededor del parque infantil desierto, apenas un par de huecos rellenos de agua sucia descubren su engaño. Una diadema de nubes cavila al oeste, paralelas al cauce del río, sobre el momento más apropiado para su siguiente embestida. 
 
Es ahora, cuando la luz no hiere ni hierve, que apetece mirar. Ahora que la ciudad achacosa, apenas dos días de sol después de otros tantos bajo el gris, puede estallar en su enésima microprimavera. Porque así es esta ciudad, siempre deseosa de escapar a través de lo incontrolable de su corsé apretado de siglos y costumbres paquidérmicas. Y es la luz, el sol que aun tiene aliento suficiente para animar a la vida, ese factor que no depende del saco de años a las espaldas de los ciudadanos ignorantes. 
 
La cuadrícula irregular de las calles recién lavada por la lluvia sirve para ordenar lo aleatorio y da a este hambre en los ojos un método, un orden para mirar el verde nuevo de los rosales en la mediana mecidos por el rebufo de los coches, para observar cómo quedan, cuando el semáforo se cierra, cabeceando y perdiendo algunos pétalos. Despierta una curiosidad de animal asilvestrado que me acuclilla ante los últimos gritos de los parterres; que me hace hablarles, como a los niños, a los bulbos de los narcisos que ya tiritan en el dintel de mi puerta, El invierno no podrá con vosotros. Paladeo la promesa de fuego suave, allá por por febrero, cuando se abran, quizás durante otra microprimavera de puentes lavados y luz afilándose ya la rabia.


martes, 16 de octubre de 2012

Hoy me encuentro aerostático

Al despertar he escuchado con claridad un Gracias. Pero no sabía de dónde venía. Serán los restos del sueño, pensé, y me precipité hacia la libreta de mi mesilla para comprobar si esa noche había anotado algo sin haber sido consciente. Pero no, nada nuevo.

No son muchos los días en que me levanto con la energía cargada. Lo más sencillo hubiera sido pensar que he dormido bien, que he descansado. Pero no va conmigo, con mi condición enrevesada, conformarme con las explicaciones sencillas (quizás esto sea parte del problema, un ingrediente principal de mi habitual cansancio). Soy más propenso a retorcer los pensamientos hasta que escurran para después dejarlos secar al sol. 
 
Pero primero, antes de lavar a mano las ideas, me voy a hacer una tostadita.

Y mientras observaba hipnotizado el fulgor de las resistencias al rojo vivo, mientras apreciaba como los bordes del pan se iban ennegreciendo, de nuevo audible: Gracias.


Gracias de quién? Por qué?

El último bocado, el que se usa para untar los restos de aceite del plato y enseguida echo mano a las notas de la autosesión de anoche. Los últimos días he estado rumiando algo, me he notado demasiado complaciente y me he olvidado de ser yo. Me he enfrascado en batallas afectivas, en intentar agradar a todos. Pero hoy no, hoy vuelvo a estar aerostático.

En el fondo es un poco triste que a estas alturas de la vida aun no haya aprendido a reivindicarme. Pero ya era hora de que me salieran los dientes definitivos en el seso, de que pudiera digerir bien desde el principio esas realidades que tragaba sin masticar. Puede más la satisfacción de haber detenido a tiempo la rueda, de ser capaz de detectar el punto de no retorno para darme la vuelta con las palabras claras escritas en la conciencia: no pienso llegar de nuevo allí.

Así que Gracias. No sé muy bien cuando se ha escindido mi personalidad, ni por qué esa escisión es tan educada. Pero acepto con ganas la retribución y contesto, De nada. Eructo y me pongo a escribir.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Sacar

Si hiciéramos una encuesta sobre cual es el momento más satisfactorio del día para cada persona supongo que los resultados serían variados y dignos de estudio.

En mi época universitaria me topé en las clases con muchas relaciones entre las preferencias personales y el estado de ánimo general de las personas. Por ejemplo, el hecho de que alguien con tendencia a la depresión prefiere la última parte del día a la mañana porque esta supone un nuevo comienzo que cuesta, algo a lo que no se quieren enfrentar.

Esta mañana estaba yo sentado en el váter y de repente ha venido a mi mente una de esas certezas evidentes. Los mejores momentos de mi existencia han sido aquellos en los que he sacado algo de mí. Ya sabéis, eso de quitarse un peso de encima. Empezando por el ritual diario en que estaba enfrascado en ese momento, el de después del café y que la eufemística publicidad ha llamado “momento olbran” y que yo llamo cagar.

Será que vivir es sólo eso, quitarse pesos de encima para poder asumir otros nuevos.

Me sucede cuando follo y me quedo en éxtasis, de nuevo una descarga para empezar un nuevo ciclo de llenado. Cuando salgo, cada vez menos como buen treintañero, con mis amigos a tomar una o cien cervezas y entremezclo entre los comentarios anecdóticos todas las preocupaciones que me sobrevuelan y me tienen jodido. Pocas veces se puede sacar una solución de esas conversaciones de barra de bar, pero el dar forma a todo lo que tu cabeza guarda, el hacer que se mezcle la ansiedad de vivir con el agua que chorrea por el cristal del vaso y las cáscaras de cacahuetes hace que puedas al menos buscar caminos alternativos y meter algún pequeño cambio que quizás te lleve a avanzar un poco más allá de la rumiación inútil de tus problemas personales.

Y seguro que hay más ejemplos, estos tres se aparecieron casi solapados justo sobre la revista que sujetaba entre mis rodillas, fueron inmediatos. Pero que decir de cuando saqué mi carné de conducir o terminé la carrera, más sacos de arena fuera de la barcaza de mimbre del globo aerostático. O cuando se termina cualquier texto o la primera vez que decidí mandar alguno a una revista. Cuando se estalla por haber callado demasiado y se empiezan a reprochar asuntos tangenciales al otro para, poco a poco, ir descendiendo hasta el centro del reproche y encontrar el valor para expresar lo que de verdad te ha mantenido durante muchos días distante. Pasa y pasa a todas horas, soltamos lastre para recoger nuevas trabas.

Así planteado es como si sólo fuéramos el eslabón actuante, como si un círculo infinito de pequeñas y grandes cargas y descargas estuviera preparado para ser recorrido. El que se sienta libre de este tipo de funcionamiento que tire la primera piedra, así irá más ligero y podrá dedicarse a seleccionar otra que le guste más o que se adapte mejor a sus bolsillos.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Suspirar antes de dormir

Eso de trabajar para vivir está cada día más complicado. He estado ausente, por cambios laborales que devienen en bajada del estado general de ánimo, en flojera y en olvidos selectivos de lo que te hace sentir satisfecho. En mi caso escribir en general y en este espacio en particular. No sé si ha sido por una educación selectiva, por la naturaleza caprichosa de la capacidad de distribución de recursos de mi cerebro o porque soy un vago redomado, pero el caso es que se me ha ido este mes sin apenas decirme nada, sin sentarme frente al teclado más que en momentos puntuales y para abandonar el blanco apenas mordisqueado por unas pocas palabras que terminaban siempre en puntos suspensivos. Seré positivo y hablaré de tierra en barbecho, de carga de pilas y de todos esos clichés sobre el proceso creativo cuando este deja de ser proceso y creativo.

El trabajo, casi siempre un incordio, se me ha convertido en un puzzle. No me quejo, sólo me sorprendo. Hace tiempo que me tragué eso de que hay que trabajar, más que nada para ocupar el tiempo y para tener algo de dinerito que gastar en ocupar más tiempo; porque claro, hay que evadirse del trabajo en quince días y diseñar toda una obra teatral disfrazada de improvisación turista y que te incluya a ti como personaje principal o borracho número uno.

Supongo que los habrá. Existirán esos afortunados que hilen vida y obligaciones sin tener que dividir su mente, sin tener que arrodillarte ante la condición neurótica de la sociedad. No es mi caso. Pero sí sé una cosa, no voy a obtener la satisfacción conmigo y con mis alrededores a través de esa cosa que dignifica al hombre.

Carl Rogers, hablaba de la tendencia natural del hombre a desarrollarse en plenitud. Tendencia Actualizante la llamaba. Venía a decir algo así como que la felicidad consistía en anular las ideas distorsionadas o los atascos mentales que sustentan la idea que nos hemos hecho sobre lo que tenemos que ser. Debemos escuchar, sentir lo que de verdad somos o queremos. En el momento que esa voz aflora e independientemente de los resultados (esa tendencia al éxito social que tanto daño hace) podemos empezar a caminar sin que nos pesen los días.

Así que después de que, más o menos, mi hombre gris se ha acostumbrado a su nueva condición laboral. El otro, el que se escucha, se dispone a volver a su escritura diaria, a su lectura en sillón de orejas, a sus recortes de revista, a su silencio, su curiosidad y su suspiro satisfecho antes de caer rendido en la cama.

jueves, 30 de agosto de 2012

A pesar de mi uniforme de turista

No os preocupéis, no voy a hablaros (mucho) de mis vacaciones. Esto va de la belleza, de las maneras en que se presenta y de la capacidad de percibirla. Sofía es la protagonista de esta entrada.

Sofía es portuguesa y se parece a Rachel Weisz. Rostro lavado que contrastaba con la sombra de ojos malva de su compañera de trabajo. Una sonrisa amplia y profesional que casi parecía auténtica y no un artefacto parte de su cuidado desorden uniformado. Sofía es la guía que me explicó cómo se elabora el vino de Oporto, la que me trajo una copa con bebida fría mientras esperaba para entrar a las bodegas situadas en lo más alto de una cuesta que a mí me pareció el mismo Everest. Bajo la parra, arrullado por una fuente, oyendo el ocasional motor revolucionado de algún coche que se aventuraba por la misma rampa de la que aun se quejaban mis piernas, apareció ella. De nuevo la sonrisa inmensa, el lápiz de labios ya muy gastado, mejor así, sin nada que ocultar, ofreciéndome sin saberlo un espectáculo inesperado y delicioso. Sofía que me llama desde el umbral y reluce, que me hace olvidar la mirada libidinosa de un rubio inglés con la palabra vicio tatuada en su frente, las ideas negativas disparándose al encontrar mi mente incómoda y fértil para los hierbajos, el cansancio del ascenso. Ahora entiendo a los alpinistas, buscan a Sofía.

Transcurre la visita. Las bodegas frescas, inundadas de una sombra que cura. La sigo, desenrolla su discursos mil veces repetido y yo la admiro. Sus hombros estrechos, sus caderas proporcionadas. Se vuelve de tanto en tanto para indicarnos que hay que hacer una parada. Entonces se humedece los labios, menos carmín y más verdad, y habla, se le nota el cansancio, pero es tan bella que logra que atienda indirectamente a lo que nos explica, que olvide que yo he venido para la cata del final. Hay que poner personas bellas a explicar las cosas importantes, ese es el fallo de nuestro sistema educativo, Pienso de forma estúpida cuando ya casi he terminado la visita.

A la salida me indica unas pulcras mesas y trae tres catavinos con sendas variedades de Oporto, Si necesitas algo puedes llamarme. Claro que la llamo, un par de preguntas tontas sólo para verla acercarse y mantener las distancias de una forma que me hace desear invitarla a salir esa misma noche. La visita se acaba. Sofía pasa a mi lado a la cabeza de otro grupo de turistas que quizás tengan la misma suerte que yo y acaben sustituyendo sus ganas de beber por la belleza.

Me voy, compro un par de botellas de vino. La vuelta al hotel fue cuesta abajo.

viernes, 3 de agosto de 2012

Camas


3.

Primero tuvieron que adecentar el terreno arenoso. Una duna al pie de la playa que con el paso de las temporadas de verano había quedado salpicada de escombros y desperdicios. Incontables pares de pies habían aplanado el terreno, endureciéndolo y manos, muchas manos, habían arrojado multitud de restos que tuvieron que sacar con las suyas. Cuando la pequeña tienda de campaña estuvo montada, justo a la espalda de la caravana donde dormían sus padres, fueron a la fuente cercana de la que cada mañana tomarían el agua para lavar y cocinar, se quitaron los restos de arena bajo el chorro recalentado por el viaje del líquido durante metros y metros de plomo que asomaba aquí y allá sobre el terreno en todo el área de acampada. Regresaron, pidieron a su madre un par de sábanas limpias, extendieron los aislantes y al tumbarse sobre ellos comprobaron que habían realizado un trabajo excelente, el terreno liso y libre de aristas dejaba descansar las espaldas y no las agredía. Enseguida cayeron dormidos. Su madre les dijo al despertar que no quiso molestarlos porque Parecíamos angelitos y les ofreció un par de gajos de sandía que habían sobrado de la comida. Los angelitos se habían despertado hace tiempo en realidad, habían jugado a comparar sus pollas, se habían masturbado y limpiado con las sábanas que no cambiaron durante los quince días que duró la acampada. En la intimidad de la tienda, habían repetido casi cada día, añadiendo al olor del esperma reseco, sudor con tufo a alcohol y ocasionalmente el de cabello fresco de alguna chica del grupo. El frescor de las agujas de pino apenas tapaba todo ese ambiente de descubrimiento y de goce sin prohibiciones.

Se siguieron viendo ocasionalmente cuando regresaron a la ciudad, se fueron alejando, uno se fue a vivir fuera, lejos, al cabo de los años se cruzaron por la calle y se sonrieron, tomaron una cerveza en el bar más cercano, era verano. Se miraban entre sorbo y sorbo, ambos sabían en qué estaban pensando hasta que uno lo dijo, Te acuerdas de lo bien que olían los pinos el verano de la acampada. 

Más camas:

viernes, 27 de julio de 2012

Camas


2.

Para llegar a esa cama en la que batí mi marca de longitud debía coger dos autobuses hasta la zona este de la ciudad. El ocupante era un chico risueño y alegre que utilicé, aunque quede muy feo decirlo, de bálsamo tras la ruptura de la que creía sería mi única relación duradera y estable. Sí pudiera leerme seguramente tomaría entre sus manos el muñeco de vudú y las agujas de hacer punto. Tenía cara de pillo, le faltaba un trozo de paleta. Delgado, con barba, muy familiar y con un puntito infantil que al principio me parecía encantador pero que acabó por ser bastante molesto. Tras bajarme del último autobús en una rotonda él solía esperarme en un bar de copas que lindaba con su barrio. Jugábamos a los dardos manteniendo las distancias pero mirándonos con auténtico deseo, recuerdo los comentarios cariñosos subiendo de tono cada vez que uno le entregaba a otro los dardos para el siguiente lanzamiento. Cuando iba a verle, casi siempre el encuentro quedaba en algún arrumaco de soportal con besos furiosos, dejábamos el polvo para cuando él podía desprenderse de sus compromisos con familia y amigos y venía a mi casa para cenar y follar. Pero una noche, envalentonado por la habitual cerveza de más (creo recordar que él no bebía) le insistí en que quería ver su casa, Tú lo que quieres es que mi madre nos pille, me dijo. Yo estaba dispuesto a asumir el riesgo, en esos momentos sólo quería volver a ver mi mejor marca de longitud. Lo convencí y subimos a su casa, de madrugada, Ahora silencio que mamá duerme. Me llevó de la mano a su dormitorio, una habitación pequeña y muy ordenada dónde podían verse archivados los apuntes de sus recién terminados estudios, una cama nido muy alta con una colcha raída de colores, y mucho material de papelería por todas partes. Olía a goma arábiga, a papel nuevo, un ligero olor a fritanga se colaba bajo la puerta desde la cocina situada frente al dormitorio. Hicimos desaparecer ese olor, él pedía constantemente que no hiciera ruido, fui una tumba. Cuando terminamos afloró una sonrisa en su rostro, Quieres cenar algo, me preguntó. Interpretó a la perfección mi cara de sorpresa, No te preocupes a mamá no le importa que cocine a estas horas, sabe que suelo volver con hambre después de pasar todo el día en la calle. Le dije que no, que prefería irme. Después aun nos vimos un par de semanas más, era un buen tío, pero nadie debe ser más infantil que yo. Nunca conocí a su madre. 

Más camas: 
 

miércoles, 18 de julio de 2012

Camas

1.

Ayer, en uno de esos golpes de inspiración que acometen cuando se tiene la mente ociosa, justo después de abrir las ventanas del piso al infierno nocturno de la ciudad ruidosa me quedé congelado (el calor también puede inmovilizar); entonces, con mi cuerpo realizando una pausa necesaria para la adaptación a la incomodidad provocada por el estruendo de voces y chirridos repentino, mi atención voló hacia los olores que entraban en casa. Despuntaba la sequedad del polvo y el humo recalentado de la avenida que discurre a las espaldas del bloque. Los olores siempre. Cuando el resto de sentidos se detienen afloran los olores. Poco a poco, cuando me acostumbré al tufo de la ciudad que se removía incómoda y se preparaba para una noche en vela, fueron tomando posiciones aromas del pasado. El persistente de las flores de jazmín ajadas en la mesilla de noche que abuela colocaba en un pato de postre descolorido para que no nos picaran los mosquitos a mí y a mis primos, creo que ese sería el lienzo sobre el que se han ido asentando el resto de recuerdos olfativos. El estiércol de otros veranos más suaves y asociados con la calma en el pueblo, el sudor de muchos cuerpos en una habitación los viernes para que fuéramos sólo eso, cuerpos sin mente; ese sudor que se mezclaba con el almizcle de las bebidas fuertes servidas en vasos anchos o floreros. El fresco aroma de los pinos que asocio con pequeños pinchazos en las plantas de los pies, es increíble como puedo sentirlos aun cuando esta fragancia me acomete y me recuerda de nuevo a otros veranos, también mejores, acampando a la orilla del mar, en las dunas, allí dónde llovían camaleones y me chupaba el hombro varías veces al día para sentir mi sabor salado. Muchos olores, los libros cuando los cambio de ubicación, las tostadas por la mañana con su toque de café y humo de tabaco (creo que este es el olor más reciente incorporado a mi fondo de pituitaria), el agua de colonia y el gel que mamá usaba para asearnos a mí y a mí hermana, y tantos que ahora pujan por salir a la luz cuando evoco estos mejor fijados en mi recuerdo.

Una vez repasada la paleta base de mis recuerdos olfativos, sin saber como, apareció un olor que hacía tiempo no había visitado: su cama. El dormitorio olía a limpio, a recién fregado, el incienso quemándose en el salón se colaba por la puerta, podía ver las volutas de humo por encima de su hombro hasta que cerraba los ojos extasiado por el dolor de su mordisco en mi cuello. Si el baño estaba accesible también llegaban efluvios de perfume. Al principio podía diferenciar y fijarme en todos ellos, después se desvanecía la mezcla para dar paso al sexo, el olor de la furia y la calma posterior. Poco a poco volver a despertar a lo anterior, cerrar los ojos y escuchar la ducha y mis jadeos satisfechos justo antes de que la mente y la racionalidad se espabilaran de nuevo con su carga de peros y quizás, con su cojonera naturaleza analítica. Las camas deberían servir para eso, para olvidarnos de quién somos por unos minutos, abandonarnos, despertar los sentidos y después regresar ya con ganas de que llegue la próxima pausa del hombre asexuado que camina persiguiendo objetivos huecos, olvidando que lo satisfactorio no sólo habita en la persecución del éxito vital.

Camas, camas, en cuántas camas he dormido, pensado, follado, hablado, fumado, comido, escrito e intentado soñar. Después de ese primer recuerdo de sexo y libertad me forcé a repasar mis momentos de cama. Su recuerdo amable me llevó a indagar en mi pasado, a buscar los olores perdidos y a tomar conciencia de los que hoy experimento a nivel inconsciente, la magia asesinada por la rutina.

Veamos, lo primero que me sucede al girar la manivela del flashback es que todo se mezcla, quiero contar las camas que he habitado, pero me resulta difícil, no por que hayan sido muchas, sino porque las tengo bien archivadas al fondo de mi memoria. Supongo que si lo placentero fuera fácilmente recuperable estaríamos incapacitados para el pensamiento práctico, seríamos como la rata que se autoinyecta morfina en un experimento de condicionamiento, permaneceríamos anestesiados en nuestro placer revivido. Pero todo se va ordenando o al menos aparecen partes visibles de experiencias por las que empezar a recuperar la escena y su sensación completas.

Así que me pongo manos a la obra y van saliendo. Recuerdo colores, recuerdo si tenía la piel fría o un gato inoportuno, si no podía olvidar el aspecto desangelado de las escaleras ni siquiera cuando estábamos ya metidos en harina. Y los olores vienen los últimos, cada cama con el suyo asociado.

lunes, 9 de julio de 2012

Un mes sin conexión.

No me he sentido solo. Los primeros días más ansioso. No sabía en que ocupar mi tiempo. Después el cuerpo empezó a tener hambre y lo moví, sin pasarme, no os penséis que me he metido a triatleta, la motivación era la curiosidad. El cuerpo está hecho para moverse. La mente empezó a protestar, me aburro, me aburro mucho; así que la moví también y descubrí que lo que creía era un ático atestado, en realidad era una habitación casi vacía. Tampoco quiero que el excesivo ornato literario os haga creer que me he convertido del día a la mañana en un perfecto maestro zen. Pero en estos días he conocido por fin a Garfias, a Hierro, a Domenchina (a este apenas lo había saludado), he vuelto a ver a Lobo Antunes y Lolita resulta que no era una novela infumable sino una enciclopédica oda al cinismo pro destrucción de las convenciones. He escrito sí, claro que he escrito, como también lo hacía antes, y lo que ha salido de mis dedos no es ni mejor ni peor que otras cosas que ya están enterradas en el disco duro de mi ordenador. Ni mejor ni peor, pero sí más abundante.

No me he sentido solo y después de los primeros días me he ido despertando. Se me ha pasado el mal humor y he empezado a hacer lo que hacía cuando era un adolescente: leer. Ahora me siento más fuerte. Antes de quedarme sin el acceso a la gran red de redes también leía, pero apenas picoteaba unas páginas por la noche, antes de irme a dormir, estaba tan cansado, con la mente tan embotada que al día siguiente nunca recordaba lo que había leído. Ahora me acuerdo, todas las mañanas me acuerdo de lo que pasó el día anterior a Francis Gerard, a Humbert, de lo que me contó Bradbury y de cómo huelen las adelfas en las afueras de Lisboa. Mi mente tenía hambre y yo le he dado un menú extenso de varios platos que parece no se indigestan como cuando sufría de anorexia mental. Es la euforia la que habla por mí, pero es que hace tiempo que no estaba eufórico, y todo por una pérdida.

Al principio me enfadé, pero pronto comenzó el hambre. Hacía tiempo que no tenía tanto apetito, que no saboreaba lo que comía, que no inventaba nuevas formas de condimentar los platos. Ahora, mientras escribo tengo hambre, me suenan las tripas. La casa está más desordenada y es que la actividad deja residuos. Pero me gusta irme a dormir viendo la mesa llena de libros apilados, los cuadernos forzados de tanto abrirlos y cerrarlos. He vuelto a recuperar el gusto por el cine, he fracasado al intentar reunir otro poemario y como lo que tenía no valía un duro pues me he puesto manos a la obra y he construido un esqueleto al que pienso adosarle músculos y órganos hasta que respire.

No me siento solo pero sí tengo ganas de retomar el contacto con algunas personas importantes con las que sólo me comunico a través de internet. Hecho de menos mis blogs y sobre todo leer los de los demás. Fumo más y bebo más café que nunca. Sueño por las noches que al día siguiente iré a la protectora de animales y adoptaré un galgo blanco para el que ya tengo pensado el nombre (a lo peor si me siento algo solo). No todo iba a ser bueno tras esta revelación.

Así que cuando finalmente vuelva a tener conexión, lo primero que haré será colgar este escrito, poner en marcha mi plan de desintoxicación de las redes sociales, leer los blogs atrasados que solía leer, actualizar el correo (esto sí me da un poco de pereza, pero seguro que hay mensajes interesantes). Y es que desde que no tengo acceso a internet son pocas las noches que me acuesto insatisfecho. Supongo que este bienestar no sólo dependerá de la pérdida, pero si lo pienso bien, estaba pagando por algo que me hacía infeliz; no soy muy listo, pero eso es una gilipollez no? Como también lo es ser ejemplo encarnado de ese refrán que reza “uno no sabe lo que tiene (o lo que le falta) hasta que lo pierde”.

viernes, 8 de junio de 2012

Lo que me deja Ray.




Acumulo sobre la mesa todos los libros de él. Quiero revisar todo lo que en su momento me llamó la atención de sus historias, de su forma de escribir. Bradbury se ha ido y yo siento la pérdida. Es una sensación extraña, se ha derrumbado el puente de libros que me unía a mi adolescencia. Porque él era optimista y yo no es que ande sobrado de esa virtud. Saber que estaba vivo, poner en google su nombre y leer las últimas noticias sobre sus andaduras me recordaba que para nada sirve la cabeza gacha y la actitud de búfalo cabreado.

Un escalofrío me recorre la espina dorsal cuando abro Fahrenheit y leo una cita de Juan Ramón Jimenez:

Si os dan papel pautado,
escribid por el otro lado.

Alguien puede mejorar este consejo? Lo dudo. Y aunque lo dijo Juan Ramón fue Ray el que se lo aplicó a sí mismo.

Bradbury debía ser un tío sencillo, entusiasta. Recuerdo cómo intenté seguir sus consejos de escritor recogidos en Zen en el Arte de escribir. Cómo los adapté a la realidad y me sirvieron para arrancar a escribir con más asiduidad y a creer más en mí y en lo que me gusta hacer. Por supuesto jamás escribiré como él, no tendré su prosa única que sus buenos traductores supieron respetar, su dominio de los sentimientos; pero me enseñó que si algo te gusta y te llena no debes dejar de insistir, no debes rendirte a ese papel pautado. Y lo harás, a tu manera, pero lo harás. Porque en este día a día que nos ha tocado vivir, muchas veces dejamos de hacer lo que nos define.

Varios libros, todos aquí extendidos y recordándome momentos puntuales, como espejos en los que puedo mirarme. El Vino del Estio, o la inocencia de Douglas Spaulding metido en un cuento que él mismo crea con la fuerza de su imaginación infantil, un cuento duro y melancólico pero que deja un sabor agradable. Un libro, cómo su título reza, que es verano y libertad del niño que fuimos. Terrores que todos hemos sentido pero que se disipaban cuando nos sacábamos las legañas a la mañana siguiente.

...me gusta llorar. Luego de llorar es como si fuera otra vez mañana, y empezara el día.

La piel del hombre ilustrado hablando, diciendo verdades inventadas. Ese tipo de verdades que nadie verbaliza pero que si sabemos mirar se nos notan demasiado. Sus momias mexicanas, sus brujas, su interpretación de la Casa Usher. Una pérdida para mí irreparable de la que sin embargo me quedan muchos buenos recuerdos.

Bradbury se ha muerto y yo me encuentro fantaseando con asistir a su funeral que imagino alegre y estilo final de la película Big Fish, que muy bien podría haber pergeñado él mismo.

No dejéis de quemar libros ni de pelear contra los que los queman, de viajar a marte en cohetes a pedales, de mirar los tatuajes de vuestra piel sin tenerles miedo, de poneros delante del tiranosaurio. No dejéis que se os olvide que hubo hombres felices o, más importante aun, capaces de hacer felices a otros.

...sujetos a estas verdades esenciales e inevitables, pocos hombres alcanzan alguna vez el equilibrio. Pregúntenle a un hombre si es feliz y él pensará que le preguntan si está satisfecho. La saciedad es el sueño endémico de la mayoría de los hombres.

De El Mejor de los Mundos Posibles.

viernes, 1 de junio de 2012

Mujeres


O como cuando Julia la Bobita, sentada siempre a la puerta de la estafeta de correos con su apariencia de pipi calzaslargas a pesar del pelo cano, gruñía con vehemencia al verte pasar como queriendo aclarar alguna verdad evidente para ella y que permanecía velada para el resto del pueblo. Julita murió, cerraron la estafeta de correos, ya nadie pasea las mulas de vuelta del campo por la calle mayor, lo único que permanece igual es la apariencia de esqueleto del lecho seco del río, con sus cantos rodados blanquecinos y sus juncos agostados. Anibal, el profesor de filosofía jubilado, me decía en la barra de aluminio del único bar, Este cauce inexistente está aquí puesto sólo para joder a Heráclito, no es que no nos podamos bañar en el mismo río, en este agujero ni siquiera nos podemos bañar, todo cambia, y un carajo!
Autor: Carlos Sieiro del Nido
Más mujeres: 
http://escapolamaga.blogspot.com.es/2010/09/mujeres.html
http://escapolamaga.blogspot.com.es/2012/05/mujeres.html
 

lunes, 28 de mayo de 2012

Como matar momentáneamente al hombre bala...


Es el mismo sol, el mismo acento en las bocas que nunca se dirigen a mí, el mismo aire ardiendo y derritiendo los contornos que en invierno los ojos utilizan para dar al cerebro una idea nítida de la realidad y que ahora, en este verano adelantado, parecen haberse convertido en una forma de despistar a mi habitual forma de mirar las cosas.

Llevo unos días incómodo, rascándome más de la cuenta la coronilla, caminando sin saber muy bien hacia donde, sin saber muy bien cual es la razón para que esté levantado y con los sentidos alerta, buscando. Me pongo una excusa, que casi siempre es acercarme al frigorífico a picotear algo, pero en realidad estoy acechando. He percibido algo, algo que quizás siempre estuvo ahí, pero que ahora detecto gracias a su olor particular a sudor, humedad y voces amplificadas que llegan hasta mi ventana.

Estoy demasiado acostumbrado a poner barreras a mi lado animal. Cuando lo he dejado suelto me ha traído problemas, casi siempre bajo la forma de confirmación supersticiosa de alguna neura. Pero también, en los sustratos más ocultos de mi memoria, estos momentos de andar desencadenado por ahí van asociados a una placentera mezcla de satisfacción y rebeldía. Por eso, aunque soy el primero de mi promoción en estudios torquemadianos, no soy capaz de olvidar por completo ese instinto que me lleva de vez en cuando a mirar por la ventana, apagar las luces y simplemente mirar afuera.

Casi siempre estos momentos no eran más que fugaces minutos al final de una cargante sucesión de días sin contenido. Sólo tenía que poner ruido, todos los estímulos que pudiera por medio: televisión, ordenador con su pegajosa red de superficialidades donde los asardinados ciudadanos modelo nos quedamos atrapados, labores del hogar, llamadas telefónicas de todas las compañía (así en singular) ofreciéndome imaginativas maneras de pagar más por menos. Estímulos que son cadenas. Y la capacidad de elegir metida en el fondo del cajón de los cachivaches. Enseguida quedaban enterrados esos instantes de cabra que tira al monte en el inicio del siguiente periodo de inercia. Pero no ahora, y de verdad que para mí supone una novedad, no en estos últimos días, en los que la cabra se ha ido comiendo la televisión, la red con los atunes engordados y listos para ser enviados a japón, el olor a amoniaco después de fregar el suelo y, de postre, mi teléfono. Se ha invertido lo que era habitual, ahora cede terreno el hombre bala (una vez disparado no puede cambiar la trayectoria) y me siento tan bien con esta derrota.


Ahora paso mucho tiempo en la ventana mirando alucinado el sonido de todo lo que ocurre abajo, con cara de haberlo descubierto hoy mismo, como si no llevara transcurriendo desde antes de que llegara a este piso. Si me enciendo un cigarrillo no es para ahumar la enésima sinfonía de mis ideas rumiadas sino para tener una excusa para asomarme a la ventana. Y lo mejor de todo ha ocurrido hoy mismo. No he asomado el gañote ni una sola vez por el alfeizar ya que he podido ver lo que pasa fuera sin necesidad de levantarme de esta silla de la que escribo. La cabra muy cómoda triscando en su monte, despreocupada.

Ahora sólo me queda meterme en faena y contar(me) todo lo que he visto, saber que vendrán otra vez los tiempos del hombre bala y que debo permanecer atento para que no consigan meterme en el cañón.

Este que escribe, aunque esencialmente es el mismo de las entradas anteriores, cuando se mira a si mismo ya no puede verse, ya no quiere verse. Sólo quiere mirar afuera, observar, tomar alguna nota, darle un estacazo a sus diablos cuando asomen por el pensamiento y quedarse todo el tiempo que pueda desencadenado.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Mujeres


Las muestras de sabiduría, en mi familia, siempre han sido cosa de las mujeres.

Cómo cuando la Abuela Camaleón hacía sus necesidades en el baño de la casa familiar y yo, entumecido de estar horas escondido en la alacena, tenía que ir a vaciar la vejiga. Nunca me acostumbré a encontrarla sentada en la taza cuando encendía la luz con una mano y me apretaba la churra con la otra, Apaga, que no hace falta tanta luz para ver las miserias de los demás.

Años más tarde y sin necesidad de calzador, las sentencia de mi abuela ha encajado perfectamente con la realidad. Estamos sobrexpuestos y no vemos.

O como cuando la tita Rita nos metía a todos en la cama. Primos y primas juntos en diferentes estados de nuestra maduración, Sois tomates recién comprados en el mercado, aun se puede hacer buen gazpacho con ustedes.

Poco a poco fuimos desapareciendo de esa cama, nos fuimos pudriendo.

domingo, 13 de mayo de 2012

Lo que me cuentan los buzones



Ahora que las facturas llegan todas directamente al correo electrónico, por eso de que hay que ser ecológico y de paso que los mismos que nos la meten tengan más dinero para afilar la puya y metérnosla mejor; esos viejos amigos, antaño, portadores de fajos y fajos de malas noticias en forma de pagos pendientes, hoy se ven relegados a meros contenedores de publicidad.

Yo que suelo presumir de ser reaccionario en según qué asuntos, persisto en darle uso a estas antiguallas y, aparte del colorido muestrario de productos varios que no necesito impreso en diferentes e impactantes disposiciones, de vez en cuando aun recibo alguna carta tradicional. Así que el mío, ubicado en uno de esas colmenas a la entrada de un bloque comunitario, tan serio, con las facciones grises y la boca siempre recta, cuando me ve, rompe su hieratismo y eleva un poco las comisuras porque de vez en cuando le hago sentir que su existencia tiene sentido.

Además de mi relación amable con mi buzón, últimamente le he encontrado una utilidad adicional. Suelo usarlo como fuente de información sociológica. Como casi siempre, nada nuevo bajo el sol. Recojo el correo siempre cuando salgo a la calle, este hábito también ha cambiado, antes uno subía su correspondencia a casa, hoy se la lleva a la calle para en el primer contenedor deshacerse de todo el papel inútil. Camino del reciclaje echo una ojeada a la resma de papel, la clasifico. Publicidad de supermercados, ideal para forrar los fondos de los cajones de la verdura en el frigorífico; publicidad bancaria, demasiado áspera y cortante como para limpiarse el culo; publicidad de los negocios de la zona que reparten comida a domicilio, bastante útil para el homo flojis; ofrecimientos de trabajadores informales: fontaneros, albañiles, niñeras, profesores, cuidadores de personas mayores, de todo menos sexo a domicilio (todo se andará) y de vez en cuando alguna muestra curiosa que me hace reflexionar sobre las cosas que se supone necesitamos los hombres. Como hoy mismo que he encontrado esta cuartilla: 

Después de leer con atención lo que se ofrecía, me vino la reflexión. Se supone que estas cosas de pareja pertenecían al ámbito de lo privado, pero ya ni para mandar a tomar por saco a tu media naranja exprimida hay excusa porque la información te llega directamente a casa. Me imagino a algún vecino dejando la cuartilla pegada a la nevera con una nota: “cariño, que vayas haciendo las maletas, estoy en este sitio, vuelvo para la cena y ya si eso nos divorciamos”.

Así son los buzones ahora, una fuente inagotable de información sobre lo que la gente puede comprar, un termómetro directo de la moralidad de hoy en día, que no es que me importe mucho porque yo ya tengo la mía y mi trabajo me cuesta mantenerla estable, pero claro, siempre es más fácil y agradable vivir entre iguales, gente con valores similares a los tuyos. Los buzones como un muestrario de cosas que la gente compra, lo que hoy en día es lo mismo que decir cosas que la gente es.

Intento no tomarme muy en serio mis reflexiones, no indignarme a las primeras de cambio cuando encuentro publicidad relacionada con todas esas profesiones relacionadas con la pena y el dolor que provoca vivir como vivimos. Intento pasar del crítico análisis sociológico de andar por casa a desarrollar la hipótesis que me despierte el folleto como tema principal de un relato. No siempre lo consigo.
Los buzones, esos objetos tan serios, esos que pertenecen a la categoría de cosas que no se ven pero que están; un lugar como otro cualquiera para buscar la inspiración.

Las musas no caben por la ranura, suelen estar tiradas por el suelo, arremolinadas por el viento que entra desde el portal, así que no se limite a mirar dentro, a veces lo interesante no está en el lugar que debería estar. 




jueves, 10 de mayo de 2012

Lento, ahora que no sopla el viento


Sí, lo deslavazado de esta entrada es un efecto secundario de la lentitud por inducción estival. Lo notarán apenas empiecen a leer, pero sean constantes y continúen que digo verdades como puños, ya dichas, pero como puños.

Tenía la idea muy clara antes de meterme en la ducha. Quería hablar de la lentitud. Pero ha sido salir, me he duchado por primera vez con agua fría, y desmoronarse el armazón mental que tenía preparado para escribir sobre los caracoles asomando sus cuernos al sol. Y esta vez no me vale eso de Es que deberías de haber tomado alguna nota, algún apunte para que te ayudara a asentar la idea principal y así, cuando volvieras ya limpio de tu bautismo a media noche poder sentarte a ver como le brotan las ramas a ese tronco filosófico que dejaste en tierra fértil antes de irte a terminar tus labores y a quitarte el sudor... Un momento, sudor? Sí, ya se suda con sólo moverse, con pelar la cebolla para las lentejas (y ahora me planteo, lentejas, mañana, con la calufa?) “y es que con este calor sudo aunque no haga nada”. Sudo sólo de pensar que sudo. 

(Esta canción me suena a mí que ya la he puesto alguna vez, bueno da igual, total esto no tiene ni pies ni cabeza) 

En definitiva y llegando a una conclusión más o menos plausible, podría decir que he sido víctima del propio tema que quería tratar: la lentitud.

Causas posibles:

  • Batería baja.
  • Flojera congénita.
  • Menopausia existencial.
  • La calor horrible que se ha venido sin avisar.

Como se diría en cualquier libro académico de ciencias sociales: es difícil considerar la acción de estos factores por separado, se trata más bien del efecto conjunto y sumativo de los mismos que provoca una interacción que en última instancia desencadena una apreciable disminución de la velocidad base en todos los procesos que antes del periodo de observación aparecían como una sucesión vertiginosa de acciones concatenadas.

Vamos, que me he contagiado de la lentitud que ha venido con este verano anticipado. No me estoy quejando, al contrario. Que el ritmo general de las cosas baje a mi me viene de maravilla porque así puedo parar el torrente habitual de mis ideas, casi todas con joroba, y de mi pesimismo. Además, cuando sobreviene este cambio anual puedo notar la paradoja de que, a pesar del piano piano, no corras más de la cuenta, en un día soy capaz de hacer más cosas de las que hacía cuando el tren iba que se las pelaba por la vía. La sitaución sería más o menos así: cambia el tiempo y el sol se sacude la pereza; treinta y pico grados; la gente empieza a caminar por la calle con la parsimonia de un reptil; los gorriones las pasan putas y no les queda otra que abrir los picos y estirar esa lengua triangular que tienen para intentar refrescarse (eso se llama el bostezo del gorrión); yo, que en vez de pellejo tengo células fotoeléctricas, me cargo de energía y resulta que a pesar de los churretones de sudor y la incomodidad soy capaz de hacer más y mejor que hace apenas dos días cuando la primavera aun estaba aliada con el fresquito y la lluvia.

Y no es sólo eso. Tener energía para hacer lo que uno quiera o deba está muy bien, pero la llegada de los treinta centígrados tiene otras muchas ventajas, casi todas relacionadas con esos aspectos sencillos de la existencia de los que tanto hablo últimamente porque, mira que soy duro de mollera, he notado, un poco tarde dirían algunos, que tienen mucho que ver con la calma que precede a la felicidad o a su sucedáneo.

Ahora puedo ver desde mi ventana la pista de fútbol sala y a los muchachos que paran el partido cada dos por tres para beber agua, que tiran de sus camisetas para secarse el sudor de la cara y dejan al descubierto el abdomen, y yo con la vista clavada en las pálidas barrigas fibrosas. Aun no se atreven a jugar sin camiseta, como si su reloj interno les indicara que a pesar del calor aun no es tiempo de enseñarlo todo.

También empiezan ya los habitantes de mi ciudad a comportarse como vampiros impacientes. Porque aunque salen de noche no esperan a las doce, en cuanto cae el sol y ya hace menos bochorno salen a buscar su ración de caracoles que la sangre no la ponen en todos los bares.

El azahar, que sí, que le da la esencia al olor que todos identifican con mi ciudad, pero que es muy pesado, ya no puede nacer porque con esta temperatura se quema la flor después de habernos quemado la pituitaria a nosotros durante un mes. La mayoría de los años pasa lo mismo, y es que es terminar las fiestas mayores y ponerse el tiempo de un agradable, ironía que no impide que la gente haya disfrutado, al que le guste, de lo más típico de la ciudad. Pero ahora se avecina algo aun más típico, el sol cruel del verano, que mira que te condiciona y te marca cuando puedes salir de casa, cualquiera pisa una calle a cuarenta grados, pero yo lo prefiero. Claro que después es salir a tomar el aire y ahí estamos todos apurando las pocas horas de respiro que nos da el día, con un ansia por contarnos cosas y que vamos, que se nos nota que hemos pasado mucho tiempo encerrados y en modo bajo consumo, porque tenemos unas ganas de reírnos y de charlar.

Supongo que aun vendrán días en los que el calor amaine, incluso lloverá quizás antes de que las borrascas se olviden de estas latitudes. Pero yo ya he cambiado el chip que ya me iba haciendo falta.

Así que bienvenida sea la modorra productiva, la apariencia de animal descansando en la sombra y la energía.

Pero vamos que lo que a mi me importa es que dentro de nada, los muchachos jugarán sin camiseta al fútbol. Y yo fumando en mi ventana y con mis prismáticos de ópera con mango de nácar e incrustaciones de zafiro, los miraré hasta que se me caigan los ojos.

martes, 1 de mayo de 2012

Naderías del 1 de mayo


Mayo, el mes de las flores. Las de invierno ya se marchitaron y las primaverales por decidir. El mes de mi cumpleaños. Titres y yo que me siento culpable por no tener la más mínima intención de construirme una unidad de martirio cristiano que satisfaga los comentarios que han de venir sobre Anda V. la edad de Cristo, que viejo eres! El mes después de dos de los tres vértices de el Triángulo Folk de las Bermúdas que abduce a todo este bendito pueblo al que pertenezco.

El día del trabajo y yo en triquini escribiendo con una paz bobina de espíritu, con los libros desparramados por la mesa, con la televisión de fondo y mi señora trabajando delante del ordenador. Una escena de lo más hogareña.

Supongo que sólo me apetecía escribir algo, reconciliarme con esa sensación de que aunque no tenga nada que contar dónde estoy más a gusto es delante de este teclado que ya empieza a tener muescas en las letras más utilizadas. Repaso los textos a medio construir que tengo archivados y no consigo enganchar con ninguna de las historias que en ellos se atisban, cojo las hojas con los poemas del que va a ser mi primer intento por creer en mis versos y sonrío satisfecho al ver los tachones y las correcciones, aunque en seguida me asalta la sensación de haber asesinado la intención con la que en su día se escribieron esos versos, seguirán diciendo lo mismo? dirán algo al menos?

Porque es así como yo me siento satisfecho, pegado a las teclas. Aunque para ser sincero he de decir que con gusto eliminaría la escena del triquini, la cambiaría por algo así como una habitación vacía con un escritorio y una ventana, una habitación sin puerta, en la que sólo yo puedo entrar. Porque aquí tengo muchas distracciones que se cuelan en el hilo de mi pensamiento y aunque lo cotidiano no es más que eso, cotidiano, tiende a ser un estorbo. Escribir para huir de la inercia, para escapar de los ruidos de la vajilla cuando el otro friega, de la necesidad de entablar pequeñas conversaciones, escribir para desarrollar el egoísmo de una vez por todas. Y el rollo de que la inspiración te pille trabajando, porque que es una hora al día de tecleo obligatorio. Nada, no es nada. Además mientras se escribe no se piensa y se mantiene a raya todo ese ganado de preocupaciones del ciudadano modelo. Escribir para terminar de derruir el mito de con esfuerzo puedes conseguir lo que te propongas, cambiarlo por con calma y el espacio adecuado puedes tener claro lo que quieres conseguir.

Así que lo dejo aquí, doy por cerrado este texto relleno de naderías. Suena el tono de mensaje del móvil, justo en el momento adecuado para crisparme los nervios. Me quedo valorando la escena del triquini. Debo pastorear las churras y las merinas en valles separados. Las dos me aportan lana para abrigarme y carne para comer pero cuando se mezclan no hay suficientes paciencia ni perros pastores para dominarlas.

martes, 17 de abril de 2012

El auténtico folk




Vámonos pal Rocio niña, vamos a buscar un charco y nos imaginamos que es el Quema!

Así, alborotando, una señora se dirigía a sus compañeras de paseo matutino. Eran un grupo de lo más colorido. Señoras de más de sesenta con chándal todas, portando tres de ellas sendos palos de escoba que acababan de comprar en el chino del que salían en el momento que me las crucé, cargado de compras yo también, agotado de andar toda la mañana de arriba para abajo. Me arrancaron una sonrisa que necesitaba. 

Mira el muchacho de las gafas de sol como se rie. Muchacho vente con nosotros a las marismas a rezarle a la blanca paloma.

Lo siento señoras pero tengo que hacer de comer para mis siete hijos y la suegra —me inventé sobre la marcha.

Uy! Pobre, pues tu te lo pierdes moreno.

Para mí, esta escena demuestra que hay gente capaz de vivir despreocupada. Cuando llegué a casa, la mentira que inventé para seguir la conversación con ese grupo de “rocieras” me hizo esperar que aparecieran los niños y la suegra con las bocas abiertas como una nidada de gorriones exigentes. Ordené la compra y me puse a pensar sobre cómo en una tierra como esta, de supuestas costumbres y fiestas con un peso específico y que se supone son celebraciones serias asentadas en creencias religiosas firmes, siempre hay un elemento de guasa y de cachondeo que se relaciona con esas supuestas tradiciones intocables. Llegué a la conclusión de que la educación no puede matar la naturaleza del hombre: el disfrute, lo pagano, la celebración de lo natural, de lo que estaba antes y es independiente de nosotros como especie que racionalmente ha elegido el pensamiento científico como escudo. De ese asombro por las estaciones, por el transcurso del ciclo del tiempo que se repite, nacen la broma y la sorna de las señoras en chándal y otras manifestaciones similares.

Qué es la romería del Rocío si no la celebración de la plenitud del paisaje, de las marismas inundadas y la abundancia después de las lluvias. Siempre hay que quitar muchas capas para llegar al fondo de casi todas las cuestiones. Si lo hacemos, si mandamos a freír espárragos la apropiación cristiana y la utilización económica de la fiesta, nos topamos con lo que a mí me gusta, con la alegría por celebrar que estamos vivos y que parece que todo ha ido como debe ir para permanecer un rato más en este mundo. Eso celebraban las señoras, sólo eso, que hacía sol, que estaban con otras personas que les hacían sentirse bien, acompañadas, y que durante un par de horas sólo tenían que preocuparse de caminar, bromear y reír porque los auspicios eran buenos y los problemas, mirados desde ese otero en el espacio tiempo, se convertían en anécdotas.

El simple roce con una estampa así me subió los ánimos y pasé la mañana silbando y mirando por la ventana a la gente deambular, inventando para cada uno una razón de peso para seguir viviendo.

Así que cojamos nuestros palos de fregona y vamos que nos vamos palrocio primo!

viernes, 6 de abril de 2012

Los gatitos

Mira como saltan, mira como juegan, mira los gatitos que no saben que lo que se mueve en la pared es sólo una sombra. Nada de carne, nada de huesos, nada sustancial que les sirva para dar uso a sus garras. Una sombra que no les va a aportar ninguna satisfacción a sus instintos.


Pero los gatitos nos parecen graciosos, la sombra es provocada por un brazo humano. Imaginad otras sombras provocadas por desconocidos entes y a otro animal que dice, porque sabe decir, que hace tiempo que lo del instinto se le quedó chico, que la naturaleza le aprieta la sisa y que sin embargo mira como juega, mira como salta...

No voy a hurgar mucho en la herida aunque corramos el peligro, de no hacerlo, de que esta acabe por cerrarse y olvidemos. Pero es que en los últimos años las derivas políticas a todos los niveles, desde lo más cercano a las decisiones tomadas por semidioses en Olimpos inaccesibles, se van asimilando cada vez más a un circo ruinoso, a un espectáculo que conoció tiempos mejores y que ahora tiene que limitarse a dar sus últimos coletazos. Eso no supondría un gran problema si no fuera por que a mi apartamento ya se le ven los barrotes y en los anaqueles de mi supermercado de confianza sólo venden balas de paja y carne putrefacta, despojos. Vamos, que se me está poniendo un ánimo de fiera enjaulada y malnutrida que ya no puedo disimular, una apariencia de león viejo y desdentado que por mucho que me peine por las mañanas cada día me cuesta más ocultar.

Mira, mira los monitos, tan sucios dentro de su jaula, mira como aun saltan, pobres, pobres monitos.

viernes, 30 de marzo de 2012

Game Boy

Mientras estoy intento que lo que digo y hago me dejen satisfecho, que los criterios para mis conductas sean extraídos de mi propio zurrón y no del modelo tipo que se ofrece para los vagos.

Mi huelga ayer consistió en rebuscar en el armario y cajones del que fue mi cuarto en casa de mis padres. Afloraron objetos que hicieron que el día mereciera mucho la pena y que me llevaron a reflexionar acerca del terreno que pisa mi consciencia.

Me resulta inevitable buscar rincones frescos en los que permanecer aislado de toda la crispación que envuelve a lo cotidiano. Paso más tiempo huido que presente y cuando estoy aquí enseguida me asalta una desazón que crece con las horas y que no desaparece hasta que me vuelvo a ir.

A menudo pienso en esa máxima de la psicología moderna que dice que el presente hay que vivirlo y construirlo poniendo en él la máxima atención. Pero es que cuando me pongo manos a la obra me doy cuenta de lo precarios que son los materiales que se me ofrecen, del poco espacio que hay para poder montar una estructura del tamaño que me gustaría y de la de hijosdelagranputa que esperan cola dispuestos, martillo en mano, a destruir mi obra de ingeniería vital. Así que a la mínima que nadie me mira o me habla, me voy. Algún día quizás decida no regresar. De momento hay pequeños motivos que experimento como necesidades, por ellos aun me asomo a la calle Víctor Luis Briones Antón. Aun me angustia la idea de no estar viviendo en el lugar dónde nací, como si eso fuera el ideal al que toda persona debe de aspirar. Sigo regresando, a pesar de tener claro que no me costaría robar luz de la farola más cercana e iluminar mi nada por estrenar, primeras calidades imaginadas; a pesar de tener más que pensado dónde pondría el sofá, el faro, los libros y las plantas en esa dimensión paralela (la de aquí, desde la que escribo, es paralelos).

Mientras que decido el momento de borrarme del mapa voy atesorando objetos que dotarán de personalidad al que será mi hogar en el exilio. Algunos rescaté ayer en casa de mis padres. 

 

Como mi Game Boy. Esa videoconsola portátil que en su momento representaba el futuro más prometedor y que todos los niños querían tener y que conseguí no recuerdo si por mis buenas notas o porque mis padres quisieron acallar esa boca de fraile que todos los infantes parecen tener. Así, de repente, recuperé mi infancia en el momento en que puse pilas a la máquina y aun funcionaba. Decidido, a partir de ahora cambiaré mi actividad durante mis ratos en el baño, ya no leeré revistas de decoración, jugaré al Tetris. Cuando estiré la mano para sacar lo que había al fondo de ese cajón y toqué la tela de una vieja riñonera que mis dedos reconocieron al instante lo supe, ya tenía otra cosa que facturar destino a mi nada. Porque cuando estrené esa Game Boy obtuve más que entretenimiento, obtuve la envidia que los niños necesitan de los demás niños, una excusa para no escuchar lo que ocurría a mi alrededor, una muesca en mi pasado que ahora recupero y que me hace sonreír. Apareció también un viejo bolso de fiesta, la piel gastada, la cadena verdeada, el olor de los condenados a un prolongado ostracismo. Dentro, un pequeño resumen de celebraciones a las que mi madre acudió: estampas de comunión de varios primos, programas de cenas de gala de las Damas de San Fernando, un talonario de correos que no sé muy bien que hacía allí, invitaciones a bodas y una bofetada sonora que me dejó marcado en el moflete izquierdo un mensaje, “no tienes ni idea de quien es la madre que te parió”. Me traje el bolso a casa para intentar hacer algo con él, para darle un uso, ponerlo a la vista y que me siga abofeteando de vez en cuando para dejarme tipografiados en las mejillas recordatorios sobre las lagunas de conocimiento de mi pasado.

Aparecieron muchas más cosas que acabaron en la basura por no haber sido capaces de adquirir el peso y la relevancia suficiente a pesar del polvo y de los años de olvido. Pero esos dos objetos, el bolso y la máquina de juegos, hicieron que regresara a casa a comer tranquilo porque había descubierto un material que nadie podría destruir. Un material para la huida.

Hoy mismo, ahora que acabo de regresar de la calle con un par de libros bajo el brazo y tras tomar unas cervezas con la libreta por delante, así me suelto más entre el alcohol y la brisa de la calle que me relajan; ahora, me doy cuenta de que mis compras han sido también actos de huida. Un par de antologías que recopilan relatos de ciencia ficción, nueces y membrillo (el placer sensorial después de las comidas) y un bote de chícharos porque ayer, de nuevo el gusto o la panza imponiéndose, me salió muy rica la ensalada de alubias y ahora que viene el frequito habrá que repetirla pronto. Permanecer aquí y ahora el tiempo justo, eso es lo que hago. Porque estoy hasta mi egregia y despejada coronilla de asimilar las historias de este presente-realidad de cartón piedra. Soy más feliz cuando construyo mi propio presente paralelo.