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martes, 24 de enero de 2012

Despedida para un gato negro

Cierra la puerta que se escapa el gato, decía mamá cuando salía, después de una comida copiosa, a fumar un cigarro. Yo nunca cerraba, dejaba una rendija abierta para que se colara. Se trataba de una especie de ritual familiar. El gato entraba y se iba directamente a la cocina, se subía en la mesa y nos observaba mientras limpiábamos. Mamá le insultaba, Puñetero gato, míralo que pancho. Y yo hacía paradas para rascarle la tripa mientras barría o limpiaba la vitrocerámica. Cuando ya sólo faltaba fregar el suelo, me preparaba un café y cogía a Sem de forma que se montara en mi antebrazo a horcajadas, el se dejaba hacer. Acercaba mi mejilla a la suya y nos acariciábamos.

Ayer una fatídica llamada. Niño, han atropellado al gato. En el momento de recibirla estaba atareado y cuando colgué me afané en lo que estaba haciendo para no tener que pensar. Cuando me quedé sin actividad que realizar me puse triste. Es sólo un gato me repetía, pero la tristeza iba en aumento. Pasaban las horas y ese No lo volveré a ver más lo inundó todo y por un mecanismo que no entiendo rompió los diques de la cordura. Se desbordaron todos esos pensamientos negativos que me cuesta mantener a raya y lo opacaron todo. Sufrí una depresión de ciclo corto, estuve hundido durante una tarde.

Esta mañana todo está mejor. Parece que Sem va a ser un buen recuerdo y que ya no me siento el ser más vulnerable del mundo.

Ahora las ovejas negras vuelven a estar en el redil, recogidas, concentradas y apretadas. Fuera de la vista. El pensamiento vuelve a tener dos filos, el que corta, el peligroso, el que está preparado para matar y el de untar, extender o acariciar. No me he parado mucho a analizar el estado de ánimo de ayer, mientras estaba inmerso en él sabía que iba a ser pasajero, pero la intensidad con la que me acometió llegó a asustarme.

Me he ahorrado verlo con las tripas fuera. Mi padre lo encontró y lo enterró rápido para poder pasar a otra cosa. Sem fue un regalo de un novio y me lo quedé tras el divorcio, su otro padre renunció al régimen de visitas y yo lo crié. Vivió conmigo en los años de mi primera independencia, cuando saltaba de trabajo en trabajo y casi todo el dinero que ganaba lo destinaba a pagar el alquiler de un piso en el centro de la ciudad, un piso oscuro y bastante lúgubre en el que el gato y yo pasamos algo así como tres años de una agradable soledad. Después perdí un trabajo relativamente bueno y decidí dejar de dar tumbos, volví a casa de mis padres y el gato se vino conmigo. Allí fue feliz, entraba y salía a su antojo, pasaba todo el tiempo que quería en la calle, se peleaba con otros gatos y empezó a engordar y convertirse en un animal muy hermoso. Pero esta vida independiente, este paraíso para gatos, también ha hecho que muera joven. Mis padres viven en las afueras, en una calle no muy concurrida, pero por la que pasan automóviles con cierta frecuencia. Uno de ellos ha sido el que se lo ha llevado por delante. En el fondo sabía que Sem no iba a vivir mucho. Había tenido frecuentes peleas con otros gatos vecinos, problemas de salud varios, pero cada vez que iba a casa de mis padres, cuando volví a vivir independiente el niño felino se quedó con los abuelos, lo veía tan bien criado y tan feliz, transmitía calma y seguridad en sí mismo. Ha muerto con cinco años, siendo los dos últimos para él, creo, un paraíso gatuno. Con eso me quedaré.

Mañana analizaré todo lo que se me pasó por la cabeza cuando la tristeza que desencadenó su muerte me obligó a airear todas las habitaciones de la azotea. Ese ha sido su regalo de despedida, limpieza general.

Adiós bicho, te echaré de menos!

miércoles, 18 de enero de 2012

Eligiendo que ruido ponerme

Perdón de antemano porque os voy a utilizar para una de mis habituales terapias espejo. Ustedes leen y yo saco conclusiones mientras escribo. Está claro que ya me he recuperado. A pesar de que los coches siguen atronando en la avenida techada de plátanos, que la vecina de arriba sigue jugando a las canicas a las tantas de la madrugada. Estaré bien, porque el radiador sigue sonando como un retortijón de hambre y a mí me da igual. Recuperado ahora que veo las bocas de la gente abrirse para gritar pero no escucho el improperio, la queja o el chirrido de la agonía que se supone debe salir de ellas. Me doy al alta a mí mismo, ya me puedo ir a casa.

Mucho ruido desde que dejé de escribir. Ruido de árbol zen en medio de un bosque con un solo excursionista para poder percibirlo. Mira que hay sitios para pasear, pues yo siempre elijo el puto bosque con el puto árbol zen que en su desplome suena como una risotada sostenida.

Unas navidades repetidas, patrón de fiestas de fin de año con cobertura doble de cinismo que ha acabado por endurecerse en la nevera hasta ser una piedra muy útil para sujetar las puertas y así dejar que el aire frío siga entrando a sus anchas en casa.

Mucho ruido y yo sordo a todo lo que no me recordara a ese niño con miedo a las aglomeraciones en el centro cuando iba con papá a comprar el socorrido lote de cosméticos para mamá en los grandes almacenes que tenían las puertas como las de una atracción de feria: un chorro de aire caliente que le derretía y el humo de los puestos de castañas dando a la visita un ambiente fog londinense que en esos momentos era simplemente tufo a quemado. Hasta que no leí algo sobre Jack el Destripador todo el humo y la neblina matutina que se levantaba desde el río, era eso, simple humo y simple niebla. La nariz picando, la mano de papá sudada, la bufanda bien calada tapando la boca para que no coja frío el niño o para que no pueda decir nada, quién sabe.

Me he obligado a callar, a dejar que el cuerpo se desboque, siga una alocada agenda repleta de citas triviales que no me había consultado. El cerebro en la mesilla de noche. Amigos en casa, eso no está mal; el corazón y las buenas intenciones puestas en un trabajo que cada día es más un refugio y menos un trabajo. Me he olvidado de hablar por mi boca, por mis manos, por mi polla, por mis ansias. Pero dónde tienes la cabeza niño, habíamos quedado para comprar el regalo de la mamá esta tarde, Joder niña, perdona pero es que esta tarde he estado ocupado siendo yo. Una isla en medio de una maratón corrida a ritmo de cien metros lisos.

Mucho ruido que podría haber solucionado con unos buenos tapones. Con apartar la vista hacia otro lado. Con tachar todas las citas que no convenían de la agenda. Digamos que me he dejado ir y ahora estoy a punto de volver a alcanzarme.

No sé que me ha pasado. Siento extrañeza de volver a sentirme debajo de mi pellejo. Todos los lugares en los que he estado aparecen emborronados en una especie de historia que no me apetece hilar para convertirla en real. Debe quedar así, permanecer dentro del cajón de los errores.

Dónde habré estado todo este tiempo y por qué me duelen los oídos?