Etiquetas

Acercamientos Adivinanzas adolescencia Afuera Alejamientos Amigos Amorios Ansiedad Antropología personal Ausencia Autores Bares Barrio Barroco Bradbury Buzón Cabra calendario Calles Calma Camas cambio Canis Cansancio Casa Cerveza Ciclotimia Ciudadano Comistrajos Conjuntos Córdoba Cuento Curro Depresion Despedida Diccionario del diablo Diverso Ducha Dudar e-book Ego Entusiasmo Escritura automática Esperas Espiral Literaria Esponjoso Esvivir Excusas Experimentos con gaseosa Familia Fascinación Ficción en primera persona Fiebre Filosofía mañanera Filosofía mañanera por la noche Filosofía mañanera por la tarde Folk Folletín Fútbol Galgos Gato Gazpacho Gorrión Granada Gustos y costumbres Hablar Hombre Bala Hombres (tipos) Hormigas Idolatría Improvisación Inercia Infancia Insectos Insomnio Internet invisible Juventud divino... Lecturas Leer Lenguaje Lento Libertad Librerías Lisboa Luna Luz Macetas Mamá Mañana Mariachi Medicos Micro Miedo Miedos Mientras Moral Morbillo Mudanza Muerte Mujeres Mujeres (tipos) Música Nada Navidad Neurosis Niñohombre Niños Noche Novela Novela Negra Opino Optimismo Orden Ozú como estamos (autoterapia) País Palabras Papá Paraísos Pasión Películas Pereza Pino Plantado Playa Poesía Política Portugal Publicidad Qué jartito estoy queja Quemar Realidad Refranes Religión Reseñas ruido Sacar Semana Santa Señales Sevilla Shorradas variadas Soledad Sosialrelachionchips Soy Turista Sueño Sustituir SyE Tacones Tanatorio Tarde Tatuaje Tiempo Tópicos en gral. Tópicos Veraniegos Torre de Arena Tostadora Vacaciones Venganza viajes Vicios y malas costumbres Vino Virtudes Volver Yamadao

miércoles, 22 de febrero de 2012

Diccionario del diablo (XIX)


CASTIGO, s. Una arma cuya forma de aplicación casi ha olvidado la Justicia.

ERRAR, v. tr. Creer o actuar de manera contraria a mis creencias o actos.

POLÍTICA, s. Lucha de intereses enmascarada como enfrentamiento de principios. Conducción de los asuntos públicos en busca de ventajas personales.

POLICÍA, s. Fuerza armada para la protección y la participación.

Hubo un tiempo en el que a los profesionales que cometían errores se les castigaba, amonestaba, sancionaba, expedientaba. Si se volvían a equivocar dependían de aspectos tan peregrinos como las relaciones personales que tuvieran con sus superiores para conservar sus puestos. Si se seguían equivocando perdían su condición de profesionales hasta que encontraban otro lugar donde resarcirse y volver a empezar.

Iba implícito en la condición de profesional no cometer el mismo fallo ante situaciones similares y ser capaz de aprender de los errores.

En determinado momento de la historia esta premisa se distorsionó. Empezaron a abundar los profesionales que perdían sus puestos sin cometer errores, por razones aun más peregrinas que las relaciones que mantenían con sus superiores, de hecho en la mayor parte de los casos esos superiores ni siquiera mantenían relación alguna con sus subordinados. Ahí el hombre pasó de estar compuesto de carne y huesos a tener la piel de metal, de nacer a ser montado a base engranajes estandarizados, a comportarse como un autómata con escasa capacidad volitiva. Sucedió también que había otros profesionales que gustaban de equivocarse, que ni siquiera intentaban ocultar sus yerros y deslices, que hablaban altivos a los demás profesionales dejando bien claro que sólo ellos podían aspirar al eterno perdón que ellos mismos se otorgaban.

Esos dos mundos se fueron separando. La sociedad se escindió en dos, los erradores profesionales, casta dominante, y las personas, que no tuvieron más remedio que enfrentarse porque sus afanes y deseos se asentaban en un mismo suelo. Al principio parecía que los primeros no tendrían ningún problema para exterminar a sus enemigos, pero algo pasó, las personas dejaron de regir sus acciones por normas que no habían sido creadas por ellos. Los erradores insistieron en comportarse como si aun existiera alguien a quién enfrentar, necesitaban un enemigo y se volvieron unos contra otros. Algunos, pocos, desertaron. Los demás se fueron matando entre ellos, tardaron mucho tiempo en fagocitarse.

Ya sin guerra las personas obligaron al mundo a seguir girando.

miércoles, 8 de febrero de 2012

La curva errática del entusiasmo.


Ensayo no científico

Leía en un relato de ciencia ficción (Griego de Leigh Kennedy), en boca de una inventada profesora de universidad estadounidense, argumentos para explicar la falta de entusiasmo de sus alumnos. Cito: “...tengo la sensación de que no parecen tener mucho empuje. Yo estaba tan llena de fuego antes de graduarme. Ellos ni siquiera parecen curiosos. No tienen ideales, ni héroes, ni grandes aspiraciones, excepto hacer dinero..., o pasárselo bien”.

Me retrotraigo a mi época universitaria y me pregunto, tenía curiosidad de rabo de lagartija, tenía entusiasmo por descubrir todo lo que tenía que saber sobre mi supuesta vocación, entusiasmo real por algo, ya ni siquiera por los contenidos de mis estudios, por cualquier cosa, en la franja que va de los dieciocho a los veinticinco (por poner un espacio temporal amplio en el que poder detectar esa chispa que supuestamente está asociada a la edad de la inconsciencia).

La respuesta es clara, un no rotundo. La siguiente pregunta -esto no es un ensayo científico, recuerden- sería, cuántos de mis coetáneos poseían ese entusiasmo. Lo pienso y repienso, excluyo el fútbol del análisis como posible causa de apasionamiento útil, y a pocos puedo atribuir esa actitud enérgica al afrontar cualquier acción o proyecto que se identifica con el apasionamiento juvenil.

Todos teníamos inquietudes, habilidades especiales, algunos eran excelentes músicos que componían sus propias canciones, otros se sumergían durante horas en las tripas de los ordenadores, casi todos eramos fanáticos de los viernes, de los cubatas y del sexo (su práctica ya es otro tema). Pero ninguno hemos acabado por sacar todo el partido posible a nuestros superpoderes, unos más y otros menos, hemos acabado por ser ciudadanos modelo. Supongo que esto no deja de ser algo común, es difícil juzgar hasta que punto uno ha desarrollado sus inquietudes teniendo en cuenta que todo se mide con el rasero del éxito. Quizás bastaría con decir que ninguno ha sacado sus inquietudes del entorno más familiar.

Para entender este fenómeno, dos ideas sobre las que apoyarme. Una, que el entusiasmo sea imposible, bien por las circunstancias, bien por la madurez personal en la franja de edad señalada. Esto señalaría como una falacia cultural esa creencia de que los jóvenes son más apasionados. Yo mismo recuerdo más treintañeros de verdad motivados por algo que jovencitos en la supuesta flor de la vida. Dos, esta quizás sea la idea más creíble, que haya un sesgo en mi forma de mirar o enfocar el asunto. Quizás ya no recuerde bien como era a los veintipocos y que todas estas suposiciones que barajo no sean más que un mecanismo para sentirme bien con mi edad.

Si hubiera algo de verdad en la primera idea, deberíamos profundizar un poco más y pasar a indagar sobre a quién conviene esa falacia. Pero al releer lo que he escrito me he visto inmerso en un proceso de desapasionamiento y me he sentido arropado y confortable bajo la segunda explicación mucho más amable y somnífera.

Quizás convenga para que seamos dóciles esa idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Creer que la energía pertenece a la juventud, sólo hace que se anticipe la sensación de desengaño ante la vida, que empecemos a bajar la cuesta antes de tiempo.

Por si acaso me construyo un mantra que os dejo: ahora escribes mejor, entiendes mejor lo que lees, follas mejor (o al menos follas), aguantas más bebiendo. Eres más de lo que eras.

jueves, 2 de febrero de 2012

Diccionario del diablo (VIII)

PÚLPITO, s. Caja elevada en la que se introduce el predicador por miedo a que, si no lo hace, la congregación no perciba su superioridad sobre ella.

Nació corto de estatura. Pasó la adolescencia y se quedó en ciento cincuenta centímetros escasos. Hasta que no se fue a la capital para trabajar, como sus hermanos, en la fábrica de repuestos no comenzó a molestarle esta condición. Entre los demás obreros pasó a ser un condicionante, retaco le llamaban. Una banqueta para que alcanzara bien los mandos de la fresadora apoyada sobre un banco de trabajo demasiado alto para él. Cuidado no te caigas retaco.

Sus hermanos tampoco eran muy altos, pero su apariencia no levantaba las burlas que quedaban reservadas para él. Quién fijaba los cánones de normalidad respecto a la altura apropiada y aceptable en un varón humano?

Añoraba su infancia, el cielo, los olores, la luz incansable del pueblo bajo la que todo brillaba; los perros sarnosos caminaban con pose de concurso canino, los locos aparecían investidos de un halo de bondad y de una gracia que todos toleraban, las madres y abuelas obesas se deslizaban con suavidad y sin esfuerzo por las calles, sin sudores ni respiraciones ahogadas, como si se desplazaran sobre raíles, locomotoras bruñidas, recién pintadas y acicaladas. Una luz que hacía a todos mirar sin reparar en los defectos, como si no mereciera la pena detenerse en ellos, como si no existieran. Pero a su padre no le hacían falta más manos para sacar provecho a los cuatro terruños que su familia tenía esparcidos a orillas del río que siempre bajaba casi seco, pero que la luz especial del pueblo hacía que todos lo vieran con buenos ojos, caudaloso incluso. Era su río, sus guijarros gris ceniza, sus juncos y sus culebras. No te necesito a ti tampoco Pequeño, así que deberás ir con tus hermanos y nos mandas algo de dinero todos los meses. Él solo se bastaba, dos manos eran suficientes para trajinar con los pimientos y tomates, Deberás buscarte tus propios callos Pequeño, y su hermano mayor ya había dejado claro que cuando muriera el padre sería él el que se ocuparía de las tierras, Porque me estoy quedando pálido todo el día debajo de los fluorescentes de la nave y para eso soy el mayor. Tenía todo el derecho. El había sido el último en llegar, el séptimo, apenas un trozo de carne residual, el último coletazo de una genética exhausta. La fabrica para toda la vida, el apartamento compartido y la luz un día sí dos no en la ciudad, el pueblo sólo en verano.

Subido en su taburete se abstraía del zumbido industrial que a pesar de los tapones de seguridad invadía sus oídos y fantaseaba con los domingos de su niñez. Se vestía rápido para ir a misa, salía a la calle corriendo y con lamparones de agua de colonia vertida con prisa en la camisa buena, cuando llegaba a la iglesia las manchas habían desaparecido, se detenía un segundo frente a la puerta, remetía su camisa dentro del pantalón, apoyaba alternativamente los pies en las jambas y con el dedo pulgar sacaba brillo a las punteras de los zapatos. Llegaba  antes que nadie, sólo el padre Nicomedes en la sacristía preparándose. Era un hombre amable el padre Nicomedes porque le dejaba subirse al púlpito con la única condición de que bajara en el momento en que la primera beata asomara el pico por el portón, Deberías hacerte cura, Pequeño, por dos razones, porque pasas más tiempo que nadie, más que yo casi, en la iglesia y porque ahorrarías mucho en vestuario, con lo que sobre de cogerte el dobladillo de la sotana puedes hacerte otra.