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viernes, 30 de marzo de 2012

Game Boy

Mientras estoy intento que lo que digo y hago me dejen satisfecho, que los criterios para mis conductas sean extraídos de mi propio zurrón y no del modelo tipo que se ofrece para los vagos.

Mi huelga ayer consistió en rebuscar en el armario y cajones del que fue mi cuarto en casa de mis padres. Afloraron objetos que hicieron que el día mereciera mucho la pena y que me llevaron a reflexionar acerca del terreno que pisa mi consciencia.

Me resulta inevitable buscar rincones frescos en los que permanecer aislado de toda la crispación que envuelve a lo cotidiano. Paso más tiempo huido que presente y cuando estoy aquí enseguida me asalta una desazón que crece con las horas y que no desaparece hasta que me vuelvo a ir.

A menudo pienso en esa máxima de la psicología moderna que dice que el presente hay que vivirlo y construirlo poniendo en él la máxima atención. Pero es que cuando me pongo manos a la obra me doy cuenta de lo precarios que son los materiales que se me ofrecen, del poco espacio que hay para poder montar una estructura del tamaño que me gustaría y de la de hijosdelagranputa que esperan cola dispuestos, martillo en mano, a destruir mi obra de ingeniería vital. Así que a la mínima que nadie me mira o me habla, me voy. Algún día quizás decida no regresar. De momento hay pequeños motivos que experimento como necesidades, por ellos aun me asomo a la calle Víctor Luis Briones Antón. Aun me angustia la idea de no estar viviendo en el lugar dónde nací, como si eso fuera el ideal al que toda persona debe de aspirar. Sigo regresando, a pesar de tener claro que no me costaría robar luz de la farola más cercana e iluminar mi nada por estrenar, primeras calidades imaginadas; a pesar de tener más que pensado dónde pondría el sofá, el faro, los libros y las plantas en esa dimensión paralela (la de aquí, desde la que escribo, es paralelos).

Mientras que decido el momento de borrarme del mapa voy atesorando objetos que dotarán de personalidad al que será mi hogar en el exilio. Algunos rescaté ayer en casa de mis padres. 

 

Como mi Game Boy. Esa videoconsola portátil que en su momento representaba el futuro más prometedor y que todos los niños querían tener y que conseguí no recuerdo si por mis buenas notas o porque mis padres quisieron acallar esa boca de fraile que todos los infantes parecen tener. Así, de repente, recuperé mi infancia en el momento en que puse pilas a la máquina y aun funcionaba. Decidido, a partir de ahora cambiaré mi actividad durante mis ratos en el baño, ya no leeré revistas de decoración, jugaré al Tetris. Cuando estiré la mano para sacar lo que había al fondo de ese cajón y toqué la tela de una vieja riñonera que mis dedos reconocieron al instante lo supe, ya tenía otra cosa que facturar destino a mi nada. Porque cuando estrené esa Game Boy obtuve más que entretenimiento, obtuve la envidia que los niños necesitan de los demás niños, una excusa para no escuchar lo que ocurría a mi alrededor, una muesca en mi pasado que ahora recupero y que me hace sonreír. Apareció también un viejo bolso de fiesta, la piel gastada, la cadena verdeada, el olor de los condenados a un prolongado ostracismo. Dentro, un pequeño resumen de celebraciones a las que mi madre acudió: estampas de comunión de varios primos, programas de cenas de gala de las Damas de San Fernando, un talonario de correos que no sé muy bien que hacía allí, invitaciones a bodas y una bofetada sonora que me dejó marcado en el moflete izquierdo un mensaje, “no tienes ni idea de quien es la madre que te parió”. Me traje el bolso a casa para intentar hacer algo con él, para darle un uso, ponerlo a la vista y que me siga abofeteando de vez en cuando para dejarme tipografiados en las mejillas recordatorios sobre las lagunas de conocimiento de mi pasado.

Aparecieron muchas más cosas que acabaron en la basura por no haber sido capaces de adquirir el peso y la relevancia suficiente a pesar del polvo y de los años de olvido. Pero esos dos objetos, el bolso y la máquina de juegos, hicieron que regresara a casa a comer tranquilo porque había descubierto un material que nadie podría destruir. Un material para la huida.

Hoy mismo, ahora que acabo de regresar de la calle con un par de libros bajo el brazo y tras tomar unas cervezas con la libreta por delante, así me suelto más entre el alcohol y la brisa de la calle que me relajan; ahora, me doy cuenta de que mis compras han sido también actos de huida. Un par de antologías que recopilan relatos de ciencia ficción, nueces y membrillo (el placer sensorial después de las comidas) y un bote de chícharos porque ayer, de nuevo el gusto o la panza imponiéndose, me salió muy rica la ensalada de alubias y ahora que viene el frequito habrá que repetirla pronto. Permanecer aquí y ahora el tiempo justo, eso es lo que hago. Porque estoy hasta mi egregia y despejada coronilla de asimilar las historias de este presente-realidad de cartón piedra. Soy más feliz cuando construyo mi propio presente paralelo.

jueves, 22 de marzo de 2012

Un espacio en blanco.

Las esperas. Cuando pesan más que las acciones son índice de que algo no anda muy bien en la planificación de gasto de tiempo. Pero hay esperas que merecen la pena y que son en si mismas mejores que cualquier acción. No se trata en realidad de esperas, carecen del componente de expectación por algo que debe suceder. Tampoco son acciones, nada se hace, al menos nada relacionado con agendas u obligaciones.
 

Por mi trabajo, que me deja toda la semana libre, y aunque intento ocupar el tiempo en actividades productivas (según mi criterio, claro), me quedan mucho huecos que convertir en este tipo de esperas; las de mesa de aluminio, caña y plato de aceitunas gordales. Son descansos, espacios en blanco para dejar de ser, para permitir aflorar esa capacidad que tenemos todos de disfrutar de la forma más básica, desde los sentidos. Me considero un tío con suerte por poder provocar un poco este tipo de situaciones y no dejarlas que aparezcan a su capricho. El tiempo ocupado así pasa a ser otra cosa, nada que ver con el tic para mirar las muñecas, ni con la piel áspera del día que se va oscureciendo.

Ver gente pasar, oír conversaciones que llegan como un murmullo entreverado con otros ruidos, tocar el frío del cristal húmedo o ser tocado por el viento tamizado por las hojas de las jacarandas, buscar olores que enmascaren los del tráfico de la calle al pie de la terraza del bar y sentir las especias de la salmuera que resbala sobre la correosa piel de las aceitunas.

Saber que todo se interrumpirá, que es sólo un momento que terminará cuando alguien que está a punto de llegar se siente en la silla de enfrente. Otras veces nadie debe venir y el final lo marca uno mismo. Pero esta certeza me resulta indiferente, porque si algo sé hacer es esperar a que nadie venga, a que nada suceda. Porque vendrán otros momento similares en otras terrazas también con mesas de aluminio y acabarán. No los recordarás más que cuando se repitan, como si nunca hubieran existido. Porque durante estas esperas uno llega a creer que todo es más sencillo de lo que pensamos y si nos instaláramos de continuo en ese estado de gracia, no nos moveríamos, nos dedicaríamos sólo a la contemplación. Por eso son tan valiosos estos espacios en blanco, por eso los olvidamos a pesar de que nos dejan asomarnos a la verdadera vida.

jueves, 15 de marzo de 2012

Las "Visicitudes" de Virtudes

Hace unos días conocí a una mujer maravillosa. Alguien que quiere contar su vida a pesar de creer aun que lo que tiene que decir vale muy poco. 

Desde entonces intento hacerle ver que está equivocada, que mucho de lo que calla puede cambiarnos la vida. Bueno, puede que exagere un poco, pero es que ella necesita recibir cariño ahora que está saliendo de un bache vital que casi acaba con ella. 

Aun se muestra tímida, pero veo un gran potencial en ella. He conseguido de momento que abra un perfil en Facebook en el que airear sus miserias. Tengo la teoría de que a medida que vaya escribiendo puede darse cuenta de que su existencia no carece de sentido, como ella se empeña en mantener. 

Veremos lo que sucede. De momento sólo puedo decir que hace tiempo que nadie entraba en mi día a día con tanta fuerza. Os la presento, no dudéis en saludarla.


Esta no es Virtudes, pero la imagen bien podría pertenecer a su vida. Espero que la señora no me denuncie por coger su imagen de por ahí.
Ella está avisada y le he recomendado que deje el perfil abierto para que todo el mundo pueda visitarla. No le he hablado de los riesgos que esto supone, si lo hubiera hecho estoy seguro que se nos escondería como un conejillo asustado (en el fondo puede que sea exactamente eso, un conejillo asustado que ya se ha hartado de madriguera).


jueves, 8 de marzo de 2012

Mientras

Espero a T después de recorrer el Jueves...

Esquina de las calles Cruz Verde, Feria y Correduría. En una cafetería en la que jamás entraría de no ser por las vistas. Estratégicamente situada en los bajos de un edificio recién restaurado que mira de frente al embudo que forma el tramo de la calle Feria que arranca en este cruce y que se adentra en el centro de la ciudad hacia la Plaza de la Encarnación. Cuantas veces no habré soñado con poseer un apartamento justo aquí arriba, sobre esta trapacera imitación de café-obrador minimalista, para poder asomarme a los balcones del primer piso que me recuerdan a Portugal. 
Tras la cristalera puedo ver el hervidero de gentes que da a la calle apariencia de arteria saturada. Los puestos en las aceras, bien tablones soportados por caballetes o bien directamente en el suelo la quincalla sobre mantas de arpillera y lonas, jalonan la circulación e imantan a los curiosos que se paran y apelotonan con las cabezas gachas para mirar el género. Ahora la dirección predominante de los posibles compradores es ascendente, hacia la Plaza de Montesión, donde el mercadillo se abre para dejar espacio a su parte noble. Allí se agrupan los puestos que atesoran los objetos más valiosos e inasequibles (al menos para mí, que alguna señora de pelo cardado tenía hoy el monedero de pellizco que echaba humo).


El cortado se enfría rápido. T aun no aparece entre el muestrario de cabezas. Repaso los libros que he comprado. Hoy he tenido suerte, mi colección de Bruguera Ciencia Ficción ha engordado con tres nuevos ejemplares. También Estación de Tránsito, que ha aparecido en cuanto he dejado de buscarla. Los meto en la bolsa de nuevo de forma que protejan un folleto con el rostro de Punset que pienso colocar en la nevera para que así se conserve mejor el pan de molde.


Reparo en el vendedor de cupones. Intento visualizar un número que me permita comprar mi apartamento de los balcones lusos. Observo a varias mujeres revolviendo un montón de ropas viejas detrás de un enorme cuadro que reproduce los manidos angelotes de la Capilla Sixtina. T sigue sin aparecer, pero no me importa, siempre puedo pedir otro cortado. Sé que saldrá feliz de la marabunta con sus dos gatos para muebles y probablemente con algún otro trasto bonito pero de dudosa utilidad de esos que a mi me gustan porque se llenan de significados al instante. Algún salero con forma de perdiz, una tulipa beige de aspecto mírame y no me toques o un traje de flamenca de segunda mano de los que florecen en los puestos de ropa usada. 
T aparece, me saluda desde la calle con los dos gatos al hombro, entra y, Vamos a comprar cupones no? Asiento mientras pienso que muchos de los objetos que aquí esperan ojos y bolsillos merecen que uno venda su alma para tener suelto en los bolsillos. Vale, le digo a T, y después vamos al mercado y nos tomamos una cerveza.

lunes, 5 de marzo de 2012

Tara

No me gustaría que este espacio se convirtiera en una extensión de la sección de mortuorias de cualquier periódico casposo, pero creo que hay veces que hay que dejar de lado los criterios de lógica artística (o artrítica) para hablar de uno mismo y de lo que siente sin meterlo tras kilo y tres cuartos de metáfora o disfrazándolo de cualquier personaje que siente y padece de una forma sospechosamente parecida a la tuya propia.

Hace un par de semanas tuvimos que ponerle la inyección a Tara, la perrita de la familia. Algunos recordaréis que hace poco mi gato se nos fue de forma mucho más trágica. Pues a los pocos días Tara enfermó y aunque se intentó que aguantara un poco más resultó imposible.

Era un animal ya muy viejo que se mantuvo activo hasta el último momento. Era un espectáculo verla comer su pienso estando sedada, arrastrándose y medio grogui. Supongo que ella no se daba cuenta de que le quedaban dos telediarios. Era una señora muy mayor, tenía cataratas que le opacaban los ojos, le olía el aliento a gloria bendita y ya estaba torpona al caminar. Pero todos en la familia, a pesar que sabíamos que en cualquier momento se nos moría, la seguíamos tratando como si fuera el cachorro que casi me mata cuando, recién llegada a casa, dejó estratégicos charcos de pis en las escaleras que me hicieron resbalar y darme la costalada padre. Eso por querer encerrarme en el sótano, estoy seguro que pensaría ella mientras me lamía como si nada hubiera pasado, ignorando mis quejidos y mi rostro pálido del susto (creo que me partí alguna costilla, soy muy aficionado a hacerlo).

La malcriamos bastante. Sólo obedecía a rajatabla a mi padre que fue el único que no sucumbió a sus encantos caninos, a la carita negra con las orejas colgonas y el característico inclinar el morro de algunos animales cuando les hablas y que los tontos humanos interpretamos como señal de que nos están entendiendo.

Ha vivido bien, no le ha faltado de nada, nos ha querido y la hemos querido. Pero se hace raro andar por casa de mis padres y no estar tropezando cada dos por tres con ella o escuchando el agudo quejido después de que alguien la pisara, porque era faldera, faldera y siempre tenía que estar dónde hubiera gente, ruido, animación.

Este principio de año ha sido nefasto para la fauna doméstica. Supongo que cuando se me pase la idea de que si entra otro animal en mi casa automáticamente caerá fulminado por el rayo justiciero de Zeus perro, algún otro bicho entrará a formar parte de mi vida. Porque lo que si he aprendido con Tara y con Sem, es que los animales llenan un espacio que los humanos no solemos tener muy adecentado: el amor incondicional. Nos hacen conscientes de lo hermoso que es ese sentimiento.

Lo único que lamento es que el veterinario no nos dejara llevárnosla para ponerla disecada en el salón de casa. Tendríais que haberle visto la cara cuando segundos antes de ponerle la inyección a la perra le gasté la broma.

jueves, 1 de marzo de 2012

Pavo a la Gestalt

Somos cultos o “chanis” según nos convenga. Es lo que nos ha hecho como especie dominar el planeta, que lo mismo podemos decirle al jefe de la tribu contraria, Por favor, sería usted tan amable de deponer sus armas para poder evitar un cruento derramamiento de sangre, que, Cómo no te rindas me follo a tus mujeres y les corto el cuello a tus hijos, mentiendes.

Siempre he sentido predilección por ese lenguaje de la calle con el que de verdad nos entendemos, alejado de sillones académicos y en constante evolución. Me maravillan también los acentos cerrados de algunos pueblos, su economía del lenguaje. Claro que muchas veces no los entiendo y tengo que hacer un apresurado curso de idiomas. Hace poco he conocido a un Utrerano orgulloso (orgulloho, diría él) de cómo se habla en su pueblo. Después de un par de meses ya apenas tengo que preguntarle y puedo entenderlo casi en todo lo que dice. En mi currículum no puedo poner que hablo inglés pero sí utrerano, quién sabe cuando puede surgir una oportunidad laboral que requiera de ese conocimiento.

Me gusta también meter estos supuestos vulgarismos en los relatos que escribo. Vienen muy bien para dotar de un tono jocoso a lo que se cuenta (desde el respeto, quede claro) y para que a muchos les pique la curiosidad y se sientan en cierta manera identificados con lo que se cuenta. Eso de encerrar los diálogos de una historia escrita entre guiones no va conmigo, desnaturaliza las conversaciones en aras de una supuesta claridad para el lector. Qué flojos somos los lectores! Prefiero meter el habla dentro de la narración como si estuviera rellenando un pavo y ya se sabe que para que el resultado sea excelente pavo y relleno han de ser uno a la manera Gestalt, el todo más que la suma de las partes.

Otro ejemplo. En el fondo es lo mismo decir de nuestra vecina del quinto, Por ahí baja Dolores la hirsuta, que, Loli la chubaca está haciendo la bola de indianajons por las escaleras. Porque aunque físicamente se trata de la misma persona, para alguien que no conozca a Mari Loli, que por otra parte hace las mejores albóndigas del mundo, cuando las guisa impregna con el olor toda la escalera y ríete tu de las fragancias ambipur; para alguien que no conozca a esta mujer, decía, que le sea introducida en la mente con una u otra presentación hará que espere encontrar bien a una educada señora muy bien puesta con gafas de carey sobre un rostro digno de un marinero del puerto de Marsella o bien una alocada e hiperactiva mujer que baja a comprar mondarinas con la epilady enganchada en la pantorrilla. Y esatas son mis dos versiones de la vecina del quinto, porque después está el sesgo personal que viste a la hacedora de albóndigas de una u otra forma.

Así es, diciendo lo mismo, refiriéndonos a la misma persona, depende de como se diga estaremos entrando en mundos diferentes. Sé que estoy hablando sobre algo evidente, pero es que a mí me sigue fascinando que sólo eso, sólo decir: “Loli la chubaca está haciendo la bola de indianajons escaleras abajo” ya suponga contar todo un relato, una novela, quizás el próximo premio Planeta.

Imagen sacada del blog pixeltacto.blogspot.com
Podría seguir poniendo ejemplos pero creo que se me ha entendido perfectamente. Tened cuidado con como presentáis a vuestros conocidos. Y como sé que no sois lectores flojos dadme vuestras versiones de Mari Loli.