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lunes, 28 de mayo de 2012

Como matar momentáneamente al hombre bala...


Es el mismo sol, el mismo acento en las bocas que nunca se dirigen a mí, el mismo aire ardiendo y derritiendo los contornos que en invierno los ojos utilizan para dar al cerebro una idea nítida de la realidad y que ahora, en este verano adelantado, parecen haberse convertido en una forma de despistar a mi habitual forma de mirar las cosas.

Llevo unos días incómodo, rascándome más de la cuenta la coronilla, caminando sin saber muy bien hacia donde, sin saber muy bien cual es la razón para que esté levantado y con los sentidos alerta, buscando. Me pongo una excusa, que casi siempre es acercarme al frigorífico a picotear algo, pero en realidad estoy acechando. He percibido algo, algo que quizás siempre estuvo ahí, pero que ahora detecto gracias a su olor particular a sudor, humedad y voces amplificadas que llegan hasta mi ventana.

Estoy demasiado acostumbrado a poner barreras a mi lado animal. Cuando lo he dejado suelto me ha traído problemas, casi siempre bajo la forma de confirmación supersticiosa de alguna neura. Pero también, en los sustratos más ocultos de mi memoria, estos momentos de andar desencadenado por ahí van asociados a una placentera mezcla de satisfacción y rebeldía. Por eso, aunque soy el primero de mi promoción en estudios torquemadianos, no soy capaz de olvidar por completo ese instinto que me lleva de vez en cuando a mirar por la ventana, apagar las luces y simplemente mirar afuera.

Casi siempre estos momentos no eran más que fugaces minutos al final de una cargante sucesión de días sin contenido. Sólo tenía que poner ruido, todos los estímulos que pudiera por medio: televisión, ordenador con su pegajosa red de superficialidades donde los asardinados ciudadanos modelo nos quedamos atrapados, labores del hogar, llamadas telefónicas de todas las compañía (así en singular) ofreciéndome imaginativas maneras de pagar más por menos. Estímulos que son cadenas. Y la capacidad de elegir metida en el fondo del cajón de los cachivaches. Enseguida quedaban enterrados esos instantes de cabra que tira al monte en el inicio del siguiente periodo de inercia. Pero no ahora, y de verdad que para mí supone una novedad, no en estos últimos días, en los que la cabra se ha ido comiendo la televisión, la red con los atunes engordados y listos para ser enviados a japón, el olor a amoniaco después de fregar el suelo y, de postre, mi teléfono. Se ha invertido lo que era habitual, ahora cede terreno el hombre bala (una vez disparado no puede cambiar la trayectoria) y me siento tan bien con esta derrota.


Ahora paso mucho tiempo en la ventana mirando alucinado el sonido de todo lo que ocurre abajo, con cara de haberlo descubierto hoy mismo, como si no llevara transcurriendo desde antes de que llegara a este piso. Si me enciendo un cigarrillo no es para ahumar la enésima sinfonía de mis ideas rumiadas sino para tener una excusa para asomarme a la ventana. Y lo mejor de todo ha ocurrido hoy mismo. No he asomado el gañote ni una sola vez por el alfeizar ya que he podido ver lo que pasa fuera sin necesidad de levantarme de esta silla de la que escribo. La cabra muy cómoda triscando en su monte, despreocupada.

Ahora sólo me queda meterme en faena y contar(me) todo lo que he visto, saber que vendrán otra vez los tiempos del hombre bala y que debo permanecer atento para que no consigan meterme en el cañón.

Este que escribe, aunque esencialmente es el mismo de las entradas anteriores, cuando se mira a si mismo ya no puede verse, ya no quiere verse. Sólo quiere mirar afuera, observar, tomar alguna nota, darle un estacazo a sus diablos cuando asomen por el pensamiento y quedarse todo el tiempo que pueda desencadenado.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Mujeres


Las muestras de sabiduría, en mi familia, siempre han sido cosa de las mujeres.

Cómo cuando la Abuela Camaleón hacía sus necesidades en el baño de la casa familiar y yo, entumecido de estar horas escondido en la alacena, tenía que ir a vaciar la vejiga. Nunca me acostumbré a encontrarla sentada en la taza cuando encendía la luz con una mano y me apretaba la churra con la otra, Apaga, que no hace falta tanta luz para ver las miserias de los demás.

Años más tarde y sin necesidad de calzador, las sentencia de mi abuela ha encajado perfectamente con la realidad. Estamos sobrexpuestos y no vemos.

O como cuando la tita Rita nos metía a todos en la cama. Primos y primas juntos en diferentes estados de nuestra maduración, Sois tomates recién comprados en el mercado, aun se puede hacer buen gazpacho con ustedes.

Poco a poco fuimos desapareciendo de esa cama, nos fuimos pudriendo.

domingo, 13 de mayo de 2012

Lo que me cuentan los buzones



Ahora que las facturas llegan todas directamente al correo electrónico, por eso de que hay que ser ecológico y de paso que los mismos que nos la meten tengan más dinero para afilar la puya y metérnosla mejor; esos viejos amigos, antaño, portadores de fajos y fajos de malas noticias en forma de pagos pendientes, hoy se ven relegados a meros contenedores de publicidad.

Yo que suelo presumir de ser reaccionario en según qué asuntos, persisto en darle uso a estas antiguallas y, aparte del colorido muestrario de productos varios que no necesito impreso en diferentes e impactantes disposiciones, de vez en cuando aun recibo alguna carta tradicional. Así que el mío, ubicado en uno de esas colmenas a la entrada de un bloque comunitario, tan serio, con las facciones grises y la boca siempre recta, cuando me ve, rompe su hieratismo y eleva un poco las comisuras porque de vez en cuando le hago sentir que su existencia tiene sentido.

Además de mi relación amable con mi buzón, últimamente le he encontrado una utilidad adicional. Suelo usarlo como fuente de información sociológica. Como casi siempre, nada nuevo bajo el sol. Recojo el correo siempre cuando salgo a la calle, este hábito también ha cambiado, antes uno subía su correspondencia a casa, hoy se la lleva a la calle para en el primer contenedor deshacerse de todo el papel inútil. Camino del reciclaje echo una ojeada a la resma de papel, la clasifico. Publicidad de supermercados, ideal para forrar los fondos de los cajones de la verdura en el frigorífico; publicidad bancaria, demasiado áspera y cortante como para limpiarse el culo; publicidad de los negocios de la zona que reparten comida a domicilio, bastante útil para el homo flojis; ofrecimientos de trabajadores informales: fontaneros, albañiles, niñeras, profesores, cuidadores de personas mayores, de todo menos sexo a domicilio (todo se andará) y de vez en cuando alguna muestra curiosa que me hace reflexionar sobre las cosas que se supone necesitamos los hombres. Como hoy mismo que he encontrado esta cuartilla: 

Después de leer con atención lo que se ofrecía, me vino la reflexión. Se supone que estas cosas de pareja pertenecían al ámbito de lo privado, pero ya ni para mandar a tomar por saco a tu media naranja exprimida hay excusa porque la información te llega directamente a casa. Me imagino a algún vecino dejando la cuartilla pegada a la nevera con una nota: “cariño, que vayas haciendo las maletas, estoy en este sitio, vuelvo para la cena y ya si eso nos divorciamos”.

Así son los buzones ahora, una fuente inagotable de información sobre lo que la gente puede comprar, un termómetro directo de la moralidad de hoy en día, que no es que me importe mucho porque yo ya tengo la mía y mi trabajo me cuesta mantenerla estable, pero claro, siempre es más fácil y agradable vivir entre iguales, gente con valores similares a los tuyos. Los buzones como un muestrario de cosas que la gente compra, lo que hoy en día es lo mismo que decir cosas que la gente es.

Intento no tomarme muy en serio mis reflexiones, no indignarme a las primeras de cambio cuando encuentro publicidad relacionada con todas esas profesiones relacionadas con la pena y el dolor que provoca vivir como vivimos. Intento pasar del crítico análisis sociológico de andar por casa a desarrollar la hipótesis que me despierte el folleto como tema principal de un relato. No siempre lo consigo.
Los buzones, esos objetos tan serios, esos que pertenecen a la categoría de cosas que no se ven pero que están; un lugar como otro cualquiera para buscar la inspiración.

Las musas no caben por la ranura, suelen estar tiradas por el suelo, arremolinadas por el viento que entra desde el portal, así que no se limite a mirar dentro, a veces lo interesante no está en el lugar que debería estar. 




jueves, 10 de mayo de 2012

Lento, ahora que no sopla el viento


Sí, lo deslavazado de esta entrada es un efecto secundario de la lentitud por inducción estival. Lo notarán apenas empiecen a leer, pero sean constantes y continúen que digo verdades como puños, ya dichas, pero como puños.

Tenía la idea muy clara antes de meterme en la ducha. Quería hablar de la lentitud. Pero ha sido salir, me he duchado por primera vez con agua fría, y desmoronarse el armazón mental que tenía preparado para escribir sobre los caracoles asomando sus cuernos al sol. Y esta vez no me vale eso de Es que deberías de haber tomado alguna nota, algún apunte para que te ayudara a asentar la idea principal y así, cuando volvieras ya limpio de tu bautismo a media noche poder sentarte a ver como le brotan las ramas a ese tronco filosófico que dejaste en tierra fértil antes de irte a terminar tus labores y a quitarte el sudor... Un momento, sudor? Sí, ya se suda con sólo moverse, con pelar la cebolla para las lentejas (y ahora me planteo, lentejas, mañana, con la calufa?) “y es que con este calor sudo aunque no haga nada”. Sudo sólo de pensar que sudo. 

(Esta canción me suena a mí que ya la he puesto alguna vez, bueno da igual, total esto no tiene ni pies ni cabeza) 

En definitiva y llegando a una conclusión más o menos plausible, podría decir que he sido víctima del propio tema que quería tratar: la lentitud.

Causas posibles:

  • Batería baja.
  • Flojera congénita.
  • Menopausia existencial.
  • La calor horrible que se ha venido sin avisar.

Como se diría en cualquier libro académico de ciencias sociales: es difícil considerar la acción de estos factores por separado, se trata más bien del efecto conjunto y sumativo de los mismos que provoca una interacción que en última instancia desencadena una apreciable disminución de la velocidad base en todos los procesos que antes del periodo de observación aparecían como una sucesión vertiginosa de acciones concatenadas.

Vamos, que me he contagiado de la lentitud que ha venido con este verano anticipado. No me estoy quejando, al contrario. Que el ritmo general de las cosas baje a mi me viene de maravilla porque así puedo parar el torrente habitual de mis ideas, casi todas con joroba, y de mi pesimismo. Además, cuando sobreviene este cambio anual puedo notar la paradoja de que, a pesar del piano piano, no corras más de la cuenta, en un día soy capaz de hacer más cosas de las que hacía cuando el tren iba que se las pelaba por la vía. La sitaución sería más o menos así: cambia el tiempo y el sol se sacude la pereza; treinta y pico grados; la gente empieza a caminar por la calle con la parsimonia de un reptil; los gorriones las pasan putas y no les queda otra que abrir los picos y estirar esa lengua triangular que tienen para intentar refrescarse (eso se llama el bostezo del gorrión); yo, que en vez de pellejo tengo células fotoeléctricas, me cargo de energía y resulta que a pesar de los churretones de sudor y la incomodidad soy capaz de hacer más y mejor que hace apenas dos días cuando la primavera aun estaba aliada con el fresquito y la lluvia.

Y no es sólo eso. Tener energía para hacer lo que uno quiera o deba está muy bien, pero la llegada de los treinta centígrados tiene otras muchas ventajas, casi todas relacionadas con esos aspectos sencillos de la existencia de los que tanto hablo últimamente porque, mira que soy duro de mollera, he notado, un poco tarde dirían algunos, que tienen mucho que ver con la calma que precede a la felicidad o a su sucedáneo.

Ahora puedo ver desde mi ventana la pista de fútbol sala y a los muchachos que paran el partido cada dos por tres para beber agua, que tiran de sus camisetas para secarse el sudor de la cara y dejan al descubierto el abdomen, y yo con la vista clavada en las pálidas barrigas fibrosas. Aun no se atreven a jugar sin camiseta, como si su reloj interno les indicara que a pesar del calor aun no es tiempo de enseñarlo todo.

También empiezan ya los habitantes de mi ciudad a comportarse como vampiros impacientes. Porque aunque salen de noche no esperan a las doce, en cuanto cae el sol y ya hace menos bochorno salen a buscar su ración de caracoles que la sangre no la ponen en todos los bares.

El azahar, que sí, que le da la esencia al olor que todos identifican con mi ciudad, pero que es muy pesado, ya no puede nacer porque con esta temperatura se quema la flor después de habernos quemado la pituitaria a nosotros durante un mes. La mayoría de los años pasa lo mismo, y es que es terminar las fiestas mayores y ponerse el tiempo de un agradable, ironía que no impide que la gente haya disfrutado, al que le guste, de lo más típico de la ciudad. Pero ahora se avecina algo aun más típico, el sol cruel del verano, que mira que te condiciona y te marca cuando puedes salir de casa, cualquiera pisa una calle a cuarenta grados, pero yo lo prefiero. Claro que después es salir a tomar el aire y ahí estamos todos apurando las pocas horas de respiro que nos da el día, con un ansia por contarnos cosas y que vamos, que se nos nota que hemos pasado mucho tiempo encerrados y en modo bajo consumo, porque tenemos unas ganas de reírnos y de charlar.

Supongo que aun vendrán días en los que el calor amaine, incluso lloverá quizás antes de que las borrascas se olviden de estas latitudes. Pero yo ya he cambiado el chip que ya me iba haciendo falta.

Así que bienvenida sea la modorra productiva, la apariencia de animal descansando en la sombra y la energía.

Pero vamos que lo que a mi me importa es que dentro de nada, los muchachos jugarán sin camiseta al fútbol. Y yo fumando en mi ventana y con mis prismáticos de ópera con mango de nácar e incrustaciones de zafiro, los miraré hasta que se me caigan los ojos.

martes, 1 de mayo de 2012

Naderías del 1 de mayo


Mayo, el mes de las flores. Las de invierno ya se marchitaron y las primaverales por decidir. El mes de mi cumpleaños. Titres y yo que me siento culpable por no tener la más mínima intención de construirme una unidad de martirio cristiano que satisfaga los comentarios que han de venir sobre Anda V. la edad de Cristo, que viejo eres! El mes después de dos de los tres vértices de el Triángulo Folk de las Bermúdas que abduce a todo este bendito pueblo al que pertenezco.

El día del trabajo y yo en triquini escribiendo con una paz bobina de espíritu, con los libros desparramados por la mesa, con la televisión de fondo y mi señora trabajando delante del ordenador. Una escena de lo más hogareña.

Supongo que sólo me apetecía escribir algo, reconciliarme con esa sensación de que aunque no tenga nada que contar dónde estoy más a gusto es delante de este teclado que ya empieza a tener muescas en las letras más utilizadas. Repaso los textos a medio construir que tengo archivados y no consigo enganchar con ninguna de las historias que en ellos se atisban, cojo las hojas con los poemas del que va a ser mi primer intento por creer en mis versos y sonrío satisfecho al ver los tachones y las correcciones, aunque en seguida me asalta la sensación de haber asesinado la intención con la que en su día se escribieron esos versos, seguirán diciendo lo mismo? dirán algo al menos?

Porque es así como yo me siento satisfecho, pegado a las teclas. Aunque para ser sincero he de decir que con gusto eliminaría la escena del triquini, la cambiaría por algo así como una habitación vacía con un escritorio y una ventana, una habitación sin puerta, en la que sólo yo puedo entrar. Porque aquí tengo muchas distracciones que se cuelan en el hilo de mi pensamiento y aunque lo cotidiano no es más que eso, cotidiano, tiende a ser un estorbo. Escribir para huir de la inercia, para escapar de los ruidos de la vajilla cuando el otro friega, de la necesidad de entablar pequeñas conversaciones, escribir para desarrollar el egoísmo de una vez por todas. Y el rollo de que la inspiración te pille trabajando, porque que es una hora al día de tecleo obligatorio. Nada, no es nada. Además mientras se escribe no se piensa y se mantiene a raya todo ese ganado de preocupaciones del ciudadano modelo. Escribir para terminar de derruir el mito de con esfuerzo puedes conseguir lo que te propongas, cambiarlo por con calma y el espacio adecuado puedes tener claro lo que quieres conseguir.

Así que lo dejo aquí, doy por cerrado este texto relleno de naderías. Suena el tono de mensaje del móvil, justo en el momento adecuado para crisparme los nervios. Me quedo valorando la escena del triquini. Debo pastorear las churras y las merinas en valles separados. Las dos me aportan lana para abrigarme y carne para comer pero cuando se mezclan no hay suficientes paciencia ni perros pastores para dominarlas.