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viernes, 27 de julio de 2012

Camas


2.

Para llegar a esa cama en la que batí mi marca de longitud debía coger dos autobuses hasta la zona este de la ciudad. El ocupante era un chico risueño y alegre que utilicé, aunque quede muy feo decirlo, de bálsamo tras la ruptura de la que creía sería mi única relación duradera y estable. Sí pudiera leerme seguramente tomaría entre sus manos el muñeco de vudú y las agujas de hacer punto. Tenía cara de pillo, le faltaba un trozo de paleta. Delgado, con barba, muy familiar y con un puntito infantil que al principio me parecía encantador pero que acabó por ser bastante molesto. Tras bajarme del último autobús en una rotonda él solía esperarme en un bar de copas que lindaba con su barrio. Jugábamos a los dardos manteniendo las distancias pero mirándonos con auténtico deseo, recuerdo los comentarios cariñosos subiendo de tono cada vez que uno le entregaba a otro los dardos para el siguiente lanzamiento. Cuando iba a verle, casi siempre el encuentro quedaba en algún arrumaco de soportal con besos furiosos, dejábamos el polvo para cuando él podía desprenderse de sus compromisos con familia y amigos y venía a mi casa para cenar y follar. Pero una noche, envalentonado por la habitual cerveza de más (creo recordar que él no bebía) le insistí en que quería ver su casa, Tú lo que quieres es que mi madre nos pille, me dijo. Yo estaba dispuesto a asumir el riesgo, en esos momentos sólo quería volver a ver mi mejor marca de longitud. Lo convencí y subimos a su casa, de madrugada, Ahora silencio que mamá duerme. Me llevó de la mano a su dormitorio, una habitación pequeña y muy ordenada dónde podían verse archivados los apuntes de sus recién terminados estudios, una cama nido muy alta con una colcha raída de colores, y mucho material de papelería por todas partes. Olía a goma arábiga, a papel nuevo, un ligero olor a fritanga se colaba bajo la puerta desde la cocina situada frente al dormitorio. Hicimos desaparecer ese olor, él pedía constantemente que no hiciera ruido, fui una tumba. Cuando terminamos afloró una sonrisa en su rostro, Quieres cenar algo, me preguntó. Interpretó a la perfección mi cara de sorpresa, No te preocupes a mamá no le importa que cocine a estas horas, sabe que suelo volver con hambre después de pasar todo el día en la calle. Le dije que no, que prefería irme. Después aun nos vimos un par de semanas más, era un buen tío, pero nadie debe ser más infantil que yo. Nunca conocí a su madre. 

Más camas: 
 

miércoles, 18 de julio de 2012

Camas

1.

Ayer, en uno de esos golpes de inspiración que acometen cuando se tiene la mente ociosa, justo después de abrir las ventanas del piso al infierno nocturno de la ciudad ruidosa me quedé congelado (el calor también puede inmovilizar); entonces, con mi cuerpo realizando una pausa necesaria para la adaptación a la incomodidad provocada por el estruendo de voces y chirridos repentino, mi atención voló hacia los olores que entraban en casa. Despuntaba la sequedad del polvo y el humo recalentado de la avenida que discurre a las espaldas del bloque. Los olores siempre. Cuando el resto de sentidos se detienen afloran los olores. Poco a poco, cuando me acostumbré al tufo de la ciudad que se removía incómoda y se preparaba para una noche en vela, fueron tomando posiciones aromas del pasado. El persistente de las flores de jazmín ajadas en la mesilla de noche que abuela colocaba en un pato de postre descolorido para que no nos picaran los mosquitos a mí y a mis primos, creo que ese sería el lienzo sobre el que se han ido asentando el resto de recuerdos olfativos. El estiércol de otros veranos más suaves y asociados con la calma en el pueblo, el sudor de muchos cuerpos en una habitación los viernes para que fuéramos sólo eso, cuerpos sin mente; ese sudor que se mezclaba con el almizcle de las bebidas fuertes servidas en vasos anchos o floreros. El fresco aroma de los pinos que asocio con pequeños pinchazos en las plantas de los pies, es increíble como puedo sentirlos aun cuando esta fragancia me acomete y me recuerda de nuevo a otros veranos, también mejores, acampando a la orilla del mar, en las dunas, allí dónde llovían camaleones y me chupaba el hombro varías veces al día para sentir mi sabor salado. Muchos olores, los libros cuando los cambio de ubicación, las tostadas por la mañana con su toque de café y humo de tabaco (creo que este es el olor más reciente incorporado a mi fondo de pituitaria), el agua de colonia y el gel que mamá usaba para asearnos a mí y a mí hermana, y tantos que ahora pujan por salir a la luz cuando evoco estos mejor fijados en mi recuerdo.

Una vez repasada la paleta base de mis recuerdos olfativos, sin saber como, apareció un olor que hacía tiempo no había visitado: su cama. El dormitorio olía a limpio, a recién fregado, el incienso quemándose en el salón se colaba por la puerta, podía ver las volutas de humo por encima de su hombro hasta que cerraba los ojos extasiado por el dolor de su mordisco en mi cuello. Si el baño estaba accesible también llegaban efluvios de perfume. Al principio podía diferenciar y fijarme en todos ellos, después se desvanecía la mezcla para dar paso al sexo, el olor de la furia y la calma posterior. Poco a poco volver a despertar a lo anterior, cerrar los ojos y escuchar la ducha y mis jadeos satisfechos justo antes de que la mente y la racionalidad se espabilaran de nuevo con su carga de peros y quizás, con su cojonera naturaleza analítica. Las camas deberían servir para eso, para olvidarnos de quién somos por unos minutos, abandonarnos, despertar los sentidos y después regresar ya con ganas de que llegue la próxima pausa del hombre asexuado que camina persiguiendo objetivos huecos, olvidando que lo satisfactorio no sólo habita en la persecución del éxito vital.

Camas, camas, en cuántas camas he dormido, pensado, follado, hablado, fumado, comido, escrito e intentado soñar. Después de ese primer recuerdo de sexo y libertad me forcé a repasar mis momentos de cama. Su recuerdo amable me llevó a indagar en mi pasado, a buscar los olores perdidos y a tomar conciencia de los que hoy experimento a nivel inconsciente, la magia asesinada por la rutina.

Veamos, lo primero que me sucede al girar la manivela del flashback es que todo se mezcla, quiero contar las camas que he habitado, pero me resulta difícil, no por que hayan sido muchas, sino porque las tengo bien archivadas al fondo de mi memoria. Supongo que si lo placentero fuera fácilmente recuperable estaríamos incapacitados para el pensamiento práctico, seríamos como la rata que se autoinyecta morfina en un experimento de condicionamiento, permaneceríamos anestesiados en nuestro placer revivido. Pero todo se va ordenando o al menos aparecen partes visibles de experiencias por las que empezar a recuperar la escena y su sensación completas.

Así que me pongo manos a la obra y van saliendo. Recuerdo colores, recuerdo si tenía la piel fría o un gato inoportuno, si no podía olvidar el aspecto desangelado de las escaleras ni siquiera cuando estábamos ya metidos en harina. Y los olores vienen los últimos, cada cama con el suyo asociado.

lunes, 9 de julio de 2012

Un mes sin conexión.

No me he sentido solo. Los primeros días más ansioso. No sabía en que ocupar mi tiempo. Después el cuerpo empezó a tener hambre y lo moví, sin pasarme, no os penséis que me he metido a triatleta, la motivación era la curiosidad. El cuerpo está hecho para moverse. La mente empezó a protestar, me aburro, me aburro mucho; así que la moví también y descubrí que lo que creía era un ático atestado, en realidad era una habitación casi vacía. Tampoco quiero que el excesivo ornato literario os haga creer que me he convertido del día a la mañana en un perfecto maestro zen. Pero en estos días he conocido por fin a Garfias, a Hierro, a Domenchina (a este apenas lo había saludado), he vuelto a ver a Lobo Antunes y Lolita resulta que no era una novela infumable sino una enciclopédica oda al cinismo pro destrucción de las convenciones. He escrito sí, claro que he escrito, como también lo hacía antes, y lo que ha salido de mis dedos no es ni mejor ni peor que otras cosas que ya están enterradas en el disco duro de mi ordenador. Ni mejor ni peor, pero sí más abundante.

No me he sentido solo y después de los primeros días me he ido despertando. Se me ha pasado el mal humor y he empezado a hacer lo que hacía cuando era un adolescente: leer. Ahora me siento más fuerte. Antes de quedarme sin el acceso a la gran red de redes también leía, pero apenas picoteaba unas páginas por la noche, antes de irme a dormir, estaba tan cansado, con la mente tan embotada que al día siguiente nunca recordaba lo que había leído. Ahora me acuerdo, todas las mañanas me acuerdo de lo que pasó el día anterior a Francis Gerard, a Humbert, de lo que me contó Bradbury y de cómo huelen las adelfas en las afueras de Lisboa. Mi mente tenía hambre y yo le he dado un menú extenso de varios platos que parece no se indigestan como cuando sufría de anorexia mental. Es la euforia la que habla por mí, pero es que hace tiempo que no estaba eufórico, y todo por una pérdida.

Al principio me enfadé, pero pronto comenzó el hambre. Hacía tiempo que no tenía tanto apetito, que no saboreaba lo que comía, que no inventaba nuevas formas de condimentar los platos. Ahora, mientras escribo tengo hambre, me suenan las tripas. La casa está más desordenada y es que la actividad deja residuos. Pero me gusta irme a dormir viendo la mesa llena de libros apilados, los cuadernos forzados de tanto abrirlos y cerrarlos. He vuelto a recuperar el gusto por el cine, he fracasado al intentar reunir otro poemario y como lo que tenía no valía un duro pues me he puesto manos a la obra y he construido un esqueleto al que pienso adosarle músculos y órganos hasta que respire.

No me siento solo pero sí tengo ganas de retomar el contacto con algunas personas importantes con las que sólo me comunico a través de internet. Hecho de menos mis blogs y sobre todo leer los de los demás. Fumo más y bebo más café que nunca. Sueño por las noches que al día siguiente iré a la protectora de animales y adoptaré un galgo blanco para el que ya tengo pensado el nombre (a lo peor si me siento algo solo). No todo iba a ser bueno tras esta revelación.

Así que cuando finalmente vuelva a tener conexión, lo primero que haré será colgar este escrito, poner en marcha mi plan de desintoxicación de las redes sociales, leer los blogs atrasados que solía leer, actualizar el correo (esto sí me da un poco de pereza, pero seguro que hay mensajes interesantes). Y es que desde que no tengo acceso a internet son pocas las noches que me acuesto insatisfecho. Supongo que este bienestar no sólo dependerá de la pérdida, pero si lo pienso bien, estaba pagando por algo que me hacía infeliz; no soy muy listo, pero eso es una gilipollez no? Como también lo es ser ejemplo encarnado de ese refrán que reza “uno no sabe lo que tiene (o lo que le falta) hasta que lo pierde”.