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jueves, 30 de agosto de 2012

A pesar de mi uniforme de turista

No os preocupéis, no voy a hablaros (mucho) de mis vacaciones. Esto va de la belleza, de las maneras en que se presenta y de la capacidad de percibirla. Sofía es la protagonista de esta entrada.

Sofía es portuguesa y se parece a Rachel Weisz. Rostro lavado que contrastaba con la sombra de ojos malva de su compañera de trabajo. Una sonrisa amplia y profesional que casi parecía auténtica y no un artefacto parte de su cuidado desorden uniformado. Sofía es la guía que me explicó cómo se elabora el vino de Oporto, la que me trajo una copa con bebida fría mientras esperaba para entrar a las bodegas situadas en lo más alto de una cuesta que a mí me pareció el mismo Everest. Bajo la parra, arrullado por una fuente, oyendo el ocasional motor revolucionado de algún coche que se aventuraba por la misma rampa de la que aun se quejaban mis piernas, apareció ella. De nuevo la sonrisa inmensa, el lápiz de labios ya muy gastado, mejor así, sin nada que ocultar, ofreciéndome sin saberlo un espectáculo inesperado y delicioso. Sofía que me llama desde el umbral y reluce, que me hace olvidar la mirada libidinosa de un rubio inglés con la palabra vicio tatuada en su frente, las ideas negativas disparándose al encontrar mi mente incómoda y fértil para los hierbajos, el cansancio del ascenso. Ahora entiendo a los alpinistas, buscan a Sofía.

Transcurre la visita. Las bodegas frescas, inundadas de una sombra que cura. La sigo, desenrolla su discursos mil veces repetido y yo la admiro. Sus hombros estrechos, sus caderas proporcionadas. Se vuelve de tanto en tanto para indicarnos que hay que hacer una parada. Entonces se humedece los labios, menos carmín y más verdad, y habla, se le nota el cansancio, pero es tan bella que logra que atienda indirectamente a lo que nos explica, que olvide que yo he venido para la cata del final. Hay que poner personas bellas a explicar las cosas importantes, ese es el fallo de nuestro sistema educativo, Pienso de forma estúpida cuando ya casi he terminado la visita.

A la salida me indica unas pulcras mesas y trae tres catavinos con sendas variedades de Oporto, Si necesitas algo puedes llamarme. Claro que la llamo, un par de preguntas tontas sólo para verla acercarse y mantener las distancias de una forma que me hace desear invitarla a salir esa misma noche. La visita se acaba. Sofía pasa a mi lado a la cabeza de otro grupo de turistas que quizás tengan la misma suerte que yo y acaben sustituyendo sus ganas de beber por la belleza.

Me voy, compro un par de botellas de vino. La vuelta al hotel fue cuesta abajo.

viernes, 3 de agosto de 2012

Camas


3.

Primero tuvieron que adecentar el terreno arenoso. Una duna al pie de la playa que con el paso de las temporadas de verano había quedado salpicada de escombros y desperdicios. Incontables pares de pies habían aplanado el terreno, endureciéndolo y manos, muchas manos, habían arrojado multitud de restos que tuvieron que sacar con las suyas. Cuando la pequeña tienda de campaña estuvo montada, justo a la espalda de la caravana donde dormían sus padres, fueron a la fuente cercana de la que cada mañana tomarían el agua para lavar y cocinar, se quitaron los restos de arena bajo el chorro recalentado por el viaje del líquido durante metros y metros de plomo que asomaba aquí y allá sobre el terreno en todo el área de acampada. Regresaron, pidieron a su madre un par de sábanas limpias, extendieron los aislantes y al tumbarse sobre ellos comprobaron que habían realizado un trabajo excelente, el terreno liso y libre de aristas dejaba descansar las espaldas y no las agredía. Enseguida cayeron dormidos. Su madre les dijo al despertar que no quiso molestarlos porque Parecíamos angelitos y les ofreció un par de gajos de sandía que habían sobrado de la comida. Los angelitos se habían despertado hace tiempo en realidad, habían jugado a comparar sus pollas, se habían masturbado y limpiado con las sábanas que no cambiaron durante los quince días que duró la acampada. En la intimidad de la tienda, habían repetido casi cada día, añadiendo al olor del esperma reseco, sudor con tufo a alcohol y ocasionalmente el de cabello fresco de alguna chica del grupo. El frescor de las agujas de pino apenas tapaba todo ese ambiente de descubrimiento y de goce sin prohibiciones.

Se siguieron viendo ocasionalmente cuando regresaron a la ciudad, se fueron alejando, uno se fue a vivir fuera, lejos, al cabo de los años se cruzaron por la calle y se sonrieron, tomaron una cerveza en el bar más cercano, era verano. Se miraban entre sorbo y sorbo, ambos sabían en qué estaban pensando hasta que uno lo dijo, Te acuerdas de lo bien que olían los pinos el verano de la acampada. 

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