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miércoles, 26 de septiembre de 2012

Suspirar antes de dormir

Eso de trabajar para vivir está cada día más complicado. He estado ausente, por cambios laborales que devienen en bajada del estado general de ánimo, en flojera y en olvidos selectivos de lo que te hace sentir satisfecho. En mi caso escribir en general y en este espacio en particular. No sé si ha sido por una educación selectiva, por la naturaleza caprichosa de la capacidad de distribución de recursos de mi cerebro o porque soy un vago redomado, pero el caso es que se me ha ido este mes sin apenas decirme nada, sin sentarme frente al teclado más que en momentos puntuales y para abandonar el blanco apenas mordisqueado por unas pocas palabras que terminaban siempre en puntos suspensivos. Seré positivo y hablaré de tierra en barbecho, de carga de pilas y de todos esos clichés sobre el proceso creativo cuando este deja de ser proceso y creativo.

El trabajo, casi siempre un incordio, se me ha convertido en un puzzle. No me quejo, sólo me sorprendo. Hace tiempo que me tragué eso de que hay que trabajar, más que nada para ocupar el tiempo y para tener algo de dinerito que gastar en ocupar más tiempo; porque claro, hay que evadirse del trabajo en quince días y diseñar toda una obra teatral disfrazada de improvisación turista y que te incluya a ti como personaje principal o borracho número uno.

Supongo que los habrá. Existirán esos afortunados que hilen vida y obligaciones sin tener que dividir su mente, sin tener que arrodillarte ante la condición neurótica de la sociedad. No es mi caso. Pero sí sé una cosa, no voy a obtener la satisfacción conmigo y con mis alrededores a través de esa cosa que dignifica al hombre.

Carl Rogers, hablaba de la tendencia natural del hombre a desarrollarse en plenitud. Tendencia Actualizante la llamaba. Venía a decir algo así como que la felicidad consistía en anular las ideas distorsionadas o los atascos mentales que sustentan la idea que nos hemos hecho sobre lo que tenemos que ser. Debemos escuchar, sentir lo que de verdad somos o queremos. En el momento que esa voz aflora e independientemente de los resultados (esa tendencia al éxito social que tanto daño hace) podemos empezar a caminar sin que nos pesen los días.

Así que después de que, más o menos, mi hombre gris se ha acostumbrado a su nueva condición laboral. El otro, el que se escucha, se dispone a volver a su escritura diaria, a su lectura en sillón de orejas, a sus recortes de revista, a su silencio, su curiosidad y su suspiro satisfecho antes de caer rendido en la cama.