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sábado, 27 de octubre de 2012

Mientras...

...espero el autobús, línea 3 (San Jerónimo-Heliópolis)

Extraida de http://www.fotocommunity.es/pc/pc/display/21755122
La luz blanca después de la lluvia hace aparecer el puente limpio y presta a los pretiles de cristal de las balconadas de los edificios caros en la manzana contigua a los bloques donde vivo una opacidad azulada que no creía poseyeran. Este blanco amable hace aflorar cualidades insospechadas en lo que me rodea. El asfalto de la avenida parece suave ahora que ha perdido su tono gris tan áspero. El albero se asemeja a una pulida pista de patinaje alrededor del parque infantil desierto, apenas un par de huecos rellenos de agua sucia descubren su engaño. Una diadema de nubes cavila al oeste, paralelas al cauce del río, sobre el momento más apropiado para su siguiente embestida. 
 
Es ahora, cuando la luz no hiere ni hierve, que apetece mirar. Ahora que la ciudad achacosa, apenas dos días de sol después de otros tantos bajo el gris, puede estallar en su enésima microprimavera. Porque así es esta ciudad, siempre deseosa de escapar a través de lo incontrolable de su corsé apretado de siglos y costumbres paquidérmicas. Y es la luz, el sol que aun tiene aliento suficiente para animar a la vida, ese factor que no depende del saco de años a las espaldas de los ciudadanos ignorantes. 
 
La cuadrícula irregular de las calles recién lavada por la lluvia sirve para ordenar lo aleatorio y da a este hambre en los ojos un método, un orden para mirar el verde nuevo de los rosales en la mediana mecidos por el rebufo de los coches, para observar cómo quedan, cuando el semáforo se cierra, cabeceando y perdiendo algunos pétalos. Despierta una curiosidad de animal asilvestrado que me acuclilla ante los últimos gritos de los parterres; que me hace hablarles, como a los niños, a los bulbos de los narcisos que ya tiritan en el dintel de mi puerta, El invierno no podrá con vosotros. Paladeo la promesa de fuego suave, allá por por febrero, cuando se abran, quizás durante otra microprimavera de puentes lavados y luz afilándose ya la rabia.


martes, 16 de octubre de 2012

Hoy me encuentro aerostático

Al despertar he escuchado con claridad un Gracias. Pero no sabía de dónde venía. Serán los restos del sueño, pensé, y me precipité hacia la libreta de mi mesilla para comprobar si esa noche había anotado algo sin haber sido consciente. Pero no, nada nuevo.

No son muchos los días en que me levanto con la energía cargada. Lo más sencillo hubiera sido pensar que he dormido bien, que he descansado. Pero no va conmigo, con mi condición enrevesada, conformarme con las explicaciones sencillas (quizás esto sea parte del problema, un ingrediente principal de mi habitual cansancio). Soy más propenso a retorcer los pensamientos hasta que escurran para después dejarlos secar al sol. 
 
Pero primero, antes de lavar a mano las ideas, me voy a hacer una tostadita.

Y mientras observaba hipnotizado el fulgor de las resistencias al rojo vivo, mientras apreciaba como los bordes del pan se iban ennegreciendo, de nuevo audible: Gracias.


Gracias de quién? Por qué?

El último bocado, el que se usa para untar los restos de aceite del plato y enseguida echo mano a las notas de la autosesión de anoche. Los últimos días he estado rumiando algo, me he notado demasiado complaciente y me he olvidado de ser yo. Me he enfrascado en batallas afectivas, en intentar agradar a todos. Pero hoy no, hoy vuelvo a estar aerostático.

En el fondo es un poco triste que a estas alturas de la vida aun no haya aprendido a reivindicarme. Pero ya era hora de que me salieran los dientes definitivos en el seso, de que pudiera digerir bien desde el principio esas realidades que tragaba sin masticar. Puede más la satisfacción de haber detenido a tiempo la rueda, de ser capaz de detectar el punto de no retorno para darme la vuelta con las palabras claras escritas en la conciencia: no pienso llegar de nuevo allí.

Así que Gracias. No sé muy bien cuando se ha escindido mi personalidad, ni por qué esa escisión es tan educada. Pero acepto con ganas la retribución y contesto, De nada. Eructo y me pongo a escribir.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Sacar

Si hiciéramos una encuesta sobre cual es el momento más satisfactorio del día para cada persona supongo que los resultados serían variados y dignos de estudio.

En mi época universitaria me topé en las clases con muchas relaciones entre las preferencias personales y el estado de ánimo general de las personas. Por ejemplo, el hecho de que alguien con tendencia a la depresión prefiere la última parte del día a la mañana porque esta supone un nuevo comienzo que cuesta, algo a lo que no se quieren enfrentar.

Esta mañana estaba yo sentado en el váter y de repente ha venido a mi mente una de esas certezas evidentes. Los mejores momentos de mi existencia han sido aquellos en los que he sacado algo de mí. Ya sabéis, eso de quitarse un peso de encima. Empezando por el ritual diario en que estaba enfrascado en ese momento, el de después del café y que la eufemística publicidad ha llamado “momento olbran” y que yo llamo cagar.

Será que vivir es sólo eso, quitarse pesos de encima para poder asumir otros nuevos.

Me sucede cuando follo y me quedo en éxtasis, de nuevo una descarga para empezar un nuevo ciclo de llenado. Cuando salgo, cada vez menos como buen treintañero, con mis amigos a tomar una o cien cervezas y entremezclo entre los comentarios anecdóticos todas las preocupaciones que me sobrevuelan y me tienen jodido. Pocas veces se puede sacar una solución de esas conversaciones de barra de bar, pero el dar forma a todo lo que tu cabeza guarda, el hacer que se mezcle la ansiedad de vivir con el agua que chorrea por el cristal del vaso y las cáscaras de cacahuetes hace que puedas al menos buscar caminos alternativos y meter algún pequeño cambio que quizás te lleve a avanzar un poco más allá de la rumiación inútil de tus problemas personales.

Y seguro que hay más ejemplos, estos tres se aparecieron casi solapados justo sobre la revista que sujetaba entre mis rodillas, fueron inmediatos. Pero que decir de cuando saqué mi carné de conducir o terminé la carrera, más sacos de arena fuera de la barcaza de mimbre del globo aerostático. O cuando se termina cualquier texto o la primera vez que decidí mandar alguno a una revista. Cuando se estalla por haber callado demasiado y se empiezan a reprochar asuntos tangenciales al otro para, poco a poco, ir descendiendo hasta el centro del reproche y encontrar el valor para expresar lo que de verdad te ha mantenido durante muchos días distante. Pasa y pasa a todas horas, soltamos lastre para recoger nuevas trabas.

Así planteado es como si sólo fuéramos el eslabón actuante, como si un círculo infinito de pequeñas y grandes cargas y descargas estuviera preparado para ser recorrido. El que se sienta libre de este tipo de funcionamiento que tire la primera piedra, así irá más ligero y podrá dedicarse a seleccionar otra que le guste más o que se adapte mejor a sus bolsillos.