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viernes, 20 de diciembre de 2013

La saga de Charlie Parker.


Andaba yo un día repasando los blogs que sigo habitualmente y me topé con una recomendación que venía desde “Volando a ras de suelo”. Allí se juntan el cachondeo, la reflexión (que parece oculta, pero está) y un tono y sensibilidad que me gustan especialmente, por amable y sencillo. En una entrada se hablaba de un tal Connolly y de su saga de novela negra-policiaca-paranormal protagonizada por un tal Charlie “Bird” Parker. Por ese entonces estaba yo con una pereza vital considerable que se traducía en una abulia en mis lecturas. La recomendación exponía bastantes virtudes de las novelas y como apenas había leído nada de este género, en teoría “ligero” y por tanto tan adecuado para mi estado de ánimo, me dije, pues voy a probar. Me leí la primera, cogí carrerilla y hasta hoy que os hablo de la que creo es la sexta novela de la serie. Deseando estoy ya de hincarle el ojo a la siguiente.  

En otros periodos de vagancia lectora había recurrido a los recopilatorios de relatos de ciencia ficción. Ya sabéis, historias que transcurren rápido, con mucha acción y poca reflexión. Todas estas características están presentes en las novelas de Connolly. Son trepidantes, todo transcurre bastante rápido y tienen además un toque sobrenatural que me retrotrae a mis inicios lectores en los que devoraba historias de terror hasta el empacho. Pero además tienen calidad y no están tan vacías, no son simples novelas de entretenimiento. 
 

Las tramas se sitúan en Estados Unidos, lugar en el que el escritor reside al parecer gran parte del año a pesar de su procedencia irlandesa. Encontraremos a un detective privado que tuvo que salir del cuerpo de policía porque no se callaba una, uno de esos tipos problemáticos pero que por dentro sufre mucho; con un pasado también tormentoso y que además tiene una especie de don que en el devenir de las diferentes tramas se va convirtiendo casi en una maldición (aquí está el toque esotérico o misterioso del que os hablaba).


Hasta este libro que acabo de terminar, El Ángel Negro, las historias se apoyan en el protagonista, en Charlie Parker, claro, para eso es su saga, pero hay al menos otros tres secundarios que dan mucho juego y a los que también he cogido cariño. Dos amigos muy poco recomendables de Parker y una mujer que le apoya pero también supone una dificultad para poder llevar adelante los casos. Estos acompañantes habitules aportan variedad y están, sobre todo por aparecer en todas las entregas (hasta esta, no sé lo que pasará en el futuro), bien dibujados y construidos. A uno de ellos le tengo especial cariño porque con todo lo que tiene a sus espaldas aparece como un tío de lo más pasota, que hace lo que hace con una naturalidad que a mí me asombra. Qué le tengo envidia vamos!


Si os pica la curiosidad, la Editorial Tusquets es la que publica las novelas en nuestro país. Así que para los amantes del género o para los que, como yo, buscan algo con qué entretenerse y que tenga un plus de calidad, ya sabéis. Además podéis empezar por la que queráis porque se leen bien por separado. Eso sí, como comencéis por la primera y os guste, estáis perdidos.


Acabo de darme cuenta de que no os he hablado en profundidad del libro que da título a esta entrada cómo era mi intención inicial. No lo haré, me conformo con haberos presentado al bueno de Charlie.
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domingo, 15 de diciembre de 2013

Diccionario del diablo XXIII

OPTIMISMO, c. Doctrina o creencia que sostiene que todo es hermoso, incluyendo lo feo; que todo es bueno, especialmente lo malo; y que está bien todo lo que está mal. Sus partidarios más tenaces son los que más acostumbrados están a la desgracia de caer en la adversidad, quienes generalmente la exponen con una mueca de mono sonriente. Como se trata de una fe ciega, no puede ver la luz de la reprobación. Es un trastorno intelectual que no cede ante ningún tratamiento, sino al de la muerte. Es hereditario, pero por suerte no es contagioso.


Es extraño verlos caminar bajo las luces de navidad. En una de las calles principales del centro, con las caras encendidas en una sonrisa, la mirada izada hacia los destellos. Hombres y mujeres polillas que salen a tomar un café intentando encontrar ideas que copiar para hacer sus interiores más luminosos. Van con accesorios: hijo con globo, suegra o madre con abrigo de falsa piel, bolsas de plástico ruidoso. Y sonríen, sonríen pero sin mover la boca, cómo si tuvieran la sonrisa pintada en la cara, estampada con una plantilla. Sonríen y miran arriba.

Yo intento imitarlos, ver lo que ellos ven en las luces irritadas, atisbar algo de la fuente de su hipnosis; pero enseguida alguien choca con mi hombro y me desestabiliza, uno de esos niños accesorios me da con el globo en la cara o alguien me pisa con sus flamantes botas nuevas que hoy estrena. Van distraídos, absortos en la contemplación. No se hablan, no se miran, sólo observan las luces y yo no sé que buscan. Entonces comienzo a sentir una inquietud, un frío que me baja de los ojos al estómago y se me cae hasta los pies y decido ir a algún bar cálido a pedir una copa. En los bares, que también se visten con luces y adornos, al menos la gente parece bajar la mirada y darse cuenta de que lo que tiene delante es otra persona. Entonces respiro, miro a mi alrededor y sé que, si se lo pidiera a cualquiera de los que están a mi lado, me ayudarían a arrancar todas las luces navideñas que decoran el centro de la ciudad.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Ciudadano, o algo parecido

 

Permitirían los poderosos ser expulsados de sus mullidos puestos de decisión y control?

Seguirían adosando la palabra democracia a sus discursos si el pueblo los condenara al ostracismo?

Se irían, de verdad se limitarían a dejar el camino libre?

Utilizarían su pesada y anquilosada maquinaria para aportar, desde la oposición, al cambio que se les demanda o más bien querrían derrumbar sin miramientos todo lo novedoso, todo lo que no haya sido ideado desde sus filas?

Te dirán que ellos son la única opción viable porque tienen experiencia, porque conocen los entresijos del juego. Cómo no! Ellos mismos lo inventaron, vistieron y blindaron.

Cuando sea tiempo de cocinar nuevos pasteles querrán su parte, lo querrán todo, son voraces. Porque están acostumbrados a eso, a repartirse toda la tarta y a dejar las migajas para los gorriones.

Hay opciones, claro que las hay, sólo hay que permanecer atento a lo que se dice y no quedarse con esa pátina de desprestigio que extienden sobre todo lo que no cuadra con su correctísima forma de gobernar. Hay opciones y debemos considerarlas, porque son nuestras condiciones de vida las que están en juego, las que ellos manejan. Opciones a las que hay que dar paso aunque sólo sea por ponerlos en evidencia, por ver cómo se muerden la lengua y como sangran rabia; aunque sólo sea por observar como demonizan todas las decisiones tomadas al margen de sus voces, al margen de sus sistema moribundo. Hay que hacer que se vayan.

Quiero ver lo demócratas que son cuando pierdan su confortable democracia que sólo ellos disfrutan (los demás nos conformamos), cuando vean a otros transformándola. Quiero verlos perder y que no tengan otra que aceptar la derrota, a ver si son capaces. Verlos acatar órdenes, vivir de restos de ayer; ver sus bocas colmadas de insultos y de mentiras que no pueden verter para que caigan y ensucien a todo el que esté debajo. Se las tendrán que tragar porque ya no están arriba, ya no son los hijos favoritos de la gravedad. Quiero verlos desorientados y culpables de estupidez y prepotencia.

Las personas no tienen dueño, no pueden ser poseídas, deben enterarse de eso. Y yo no soy lo que ellos tengan a bien decirme que sea. Ni español ni ciudadano si es bajo sus parámetros. No soy una pieza en sus manos y quiero que se sientan como yo me siento a veces cuando me tratan como un objeto intercambiable por más poder o prestigio.

No es venganza, es justicia. La simple pérdida de sus privilegios sería su castigo, ser tratados igual que a todas esas piezas de plástico de su tablero, ese sería su castigo, el primero al menos. Después habría que repartir responsabilidades y pedir cuentas, como a mí me las piden si dejo de pagar esto o aquello o me cago en el alma del policía que me impide ejercer mi derecho a la queja, mi ilusión de humanidad y de que soy más que un perro atado en corto.

Cuando eso pase volveré a ser ciudadano y español, si quiero, si las condiciones nuevas son dignas y humanas. Y volveré a serlo sólo si me parece necesario aportar mis energías para defender un nuevo orden y no este chiste que ahora tenemos basado en hacer que las personas de devoren por una promesa que jamás cumplirán de llegar a estar sentados tan alto como lo están ellos ahora. Yo ya es que no quiero ni estar sentado, ni alto ni bajo, no quiero aunque lo haga cada día y no quiero porque eso es lo que ustedes esperan de mí y porque creo que si me siento no me quedará más remedio que volver a entrar en el juego, en su juego.

He dejado de ser pieza intercambiable. Me muevo según la dinámica y las leyes que ellos han perpetrado, pero no tengan la más mínima duda de mi desacuerdo y de que me alinearé con cualquiera que, como yo, sea persona, reparta bien sus energías y quiera conseguir que bajen de su Olimpo de cartón piedra y se sienten a mí lado, a hablar conmigo, a ver que no estoy hecho de plástico ni de dinero.

Quienes son ellos? Aun no lo sabes gorrión?

sábado, 23 de noviembre de 2013

Herzog


Sabéis cuando un libro os transcurre en paralelo. Cuando os entra la duda de sí serán los capítulos los que se adelantan a tus andanzas o serás tú mismo el que, con una predisposición de manga ancha, ves entre las lineas que lees una referencia directa a lo que te acaba de pasar mientras bajabas a por tabaco.

Es una sensación extraña, un tanto inquietante. Pero que no hace más que añadir alicientes para convertir esa lectura en algo significativo, lejos del simple entretenimiento. Además, suelen ser casos excepcionales las “historias a medida”. Su escasez, como al lince, les da otro punto extra para que puedan quedar como algo que tu cabeza recuerda sin tener que acudir a la hipnosis, algo que sin quedar flotando en la superficie, a la vista de todos, si que se mueve entre dos aguas, entre lo profundo y la luz, a mano con sólo meter un poco el pensamiento bajo el agua.

Eso me ha sucedido con este Herzog, de Saul Bellow. Claro que lo que acabo de comentar no vale para nadie más, es un sentimiento personal e intransferible, y a nadie llevará a la lectura de esta obra el que a mí me haya ejercido tal influencia. Los méritos de esta novela, para mi gusto, son muchos y aunque mi intención no es realizar aquí una reseña sino sólo destacar una lectura que me ha impactado, voy a citar algunos.

En primer lugar sorprende la hondura en la construcción de personajes, la habilidad del autor para retratar psicológicamente a las personas que deambulan alrededor de Herzog, el personaje que narra la historia y del que se nos dan los detalles personales más escabrosos, casi llegando al punto de la pornografía sentimental. Estos retratos se hacen casi siempre a partir de la subjetividad de ese Herzog, pero son tan detallistas y el narrador-protagonista es tan creíble, que no podemos más que considerar como verdades indiscutibles lo que no es más que una observación de alguien que, dicho sea de paso, no está muy centrado. Eso no es fácil de lograr.

Me gusta el final abierto, me gustan casi siempre los finales abiertos. Porque te permite salvar o condenar al protagonista. En mi mente quedó salvado, me cayo simpático el tipo.

También quiero destacar como se plantea el tema de la utilidad del conocimiento en la sociedad occidental. Herzog es Doctor en Filosofía y su labor intelectual se ve interrumpida continuamente por los problemas de la vida cotidiana, por la necesidad de adaptación social, de ser un ciudadano como los demás. Este dilema tampoco se resuelve al final de la novela, cada uno debe encontrar su equilibrio en este punto. Aunque habría que decir que lo que ocurre es que el protagonista deja esta dicotomía atrás y se aleja en una especie de vuelta a la naturaleza, una nueva vida.

Y por último quiero destacar a otro personaje, Ramona. La relación que Herzog establece durante el relato con las diferentes mujeres a las que ama, o cree que ama, es otro de los ejes narrativos principales. Ramona es su estación terminal, que sepamos. Y representa la mujer independiente, abierta, segura de sí misma y de su sexualidad, una gozada vamos. En este punto, como en los demás, la novela se va abriendo, va pasando de las restricciones sociales y personales a la libertad. Herzog el convencional que quiere adaptarse se convierte en una interrogante andante que no sabe que va a hacer con su existencia y las mujeres que lo transitan, porque él es pasivo en este desfile de amores, también pasan de lo usual y aceptado a lo liberado.

En definitiva, lo que más me ha gustado es que un conjunto de elementos que parecía iban a aplastar al protagonista, se van disipando y al final queda un sabor fresco, y la duda, Bueno, ahora qué?

Pues ahora todo es posible, qué gustazo!

Termino con un pasaje de las últimas páginas, cuando ya la madeja está casi deshecha:

“... Me hallo, realmente, en un estado mental de insólita libertad. «En sendas nunca holladas», como lo decía maravillosamente Walt Whitman. «Escapado de la vida que anda exhibiéndose...» ¡Qué plaga esta vida exhibicionista, qué plaga! Cualquier ridículo hijo de Adán quiere destacarse de los demás, con todos sus tics nerviosos y manías, con toda la gloria de su fealdad autoadorada, enseñando los dientes en muecas, la nariz caballuna y la razón retorcida, diciéndoles a los demás hombres: «Aquí estoy para dar testimonio; heme aquí para que me pongan como ejemplo»”.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Un buen ciudadano se distrae con lo que le echen

Resulta que me pongo a teclear con los dos mininos al lado lamiéndose mutuamente y dándose “cosquis” y me distraigo, se me va el santo al cielo. Para cuando soy capaz de alejar la atención del sofá donde ellos siguen a lo suyo ya no recuerdo sobre qué quería escribir y decido, Bueno, da lo mismo. Mejor escribir sobre el jugueteo de mis gatos que de tantas otras cosas rotundas y pesadas.

Uno maúlla y la mitad del país se muere de hambre mientras en los medios podemos asistir a la enésima ardentía o regurgitación, esa engañifa tan complicada de digerir que un iluminado llamó crisis, y nos dejan ver, en riguroso directo, cómo nuestro presi se pule el dinero público en teñirse la barba, en dejarla asegurada para el futuro. Porque debajo de una barba cabe mucha gente, su gente.

El uno le tira un bocado al otro y la otra mitad país espera con ansias a que llegue el miércoles para poder ver los partidos de fútbol que hacen de puente entre el empacho de balón intersemanal. Pero vamos a ver alma de cántaro, no es mejor sintonizar a Punset y su nuevo programa en Canal 9 en el que prepara científicas recetas con pan de molde de marca emblemática; ayer hizo uno con nitrógeno líquido, lástima que no lo vendan ese fresco ingrediente en la frutería ni en ese otro emblemático supermercado cuyo jefazo es de los que se acurrucan debajo de la barba del mandamás de todos. Por cierto, gol del Betis!

Grupo de jóvenes españoles medios bailando sevillanas

Se bajan del sofá y corretean por la casa, se persiguen y tres cuartos de país mira al cielo y, pensando en danzas indias de la lluvia, piden al dios ese que les dijeron los observa que les caiga un jamón a cambio de nada. Pero del cielo cae lo de siempre: agua cuando toca, sol, ranas y pronto de nuevo los aerolitos que son un tema que da mucho juego, casi tanto con el fútbol todos los días del año, fútbol de guardia se le podría llamar. Mientras tanto el representante de dios en la tierra, en la nuestra, porque dios, que es muy demócrata, tiene un viaje de representantes y asesores, parece un gobierno autonómico; el representante de dios en esta tierra, decía, mira al suelo que es donde el ve a su jefe apareciéndose en el empeine de sus nuevos zapatos de tacón, carísimos, de piel de ateo y se sonríe sabiéndose la más bella dentro de las feas cardenalicias.

Uno bebe y otro come. Igual que el país entero, una mitad tiene para comer pero no para beber y la otra al revés. Yo elegí lo de beber y aun así lo hago poco, menos de lo que debería la verdad.

Ya me he vuelto a distraer con mis gatos, siempre hablando de ellos, me voy a quedar soltera, más y más gatos irán entrando en mi mente. Porque ilusiones gordas y sabrosas no habrá pero de gatos famélicos y sarnosos están las calles de este peninsular y arrinconado país llenas.

jueves, 22 de agosto de 2013

Mi gato transgénero.

No deben de estar pasando muchas cosas en este verano cuando me voy a dedicar a contar una anécdota sobre un gato. No me estoy quejando, al menos no de forma consciente. Suelo funcionar mejor a este ritmo lento. De hecho intento implantar en mi día a día ese estilo de vida slow. Lo consigo sólo a medias porque a veces el entorno te exige vivir a la carrera y no me da la gana. De hecho sólo pensar en que despertar por la mañana se parece más a la línea de salida de los cien metros lisos que a un gran bostezo de hipopótamo se me pone una mala leche que debo atemperar para que no inunde el momento presente y manche los sucesivos. Vamos que soy más caracol que Usain Bolt, eso seguro. 

 
Así que no me quejo. Tengo tiempo para leer hasta que me escuecen los ojos. Tiempo para quedar con amigos sin tener que hacer encaje de bolillos con los horarios desacompasados de todos ellos. Mucho tiempo para pensar en escribir y algo de ese dedicado a escribir. No llego a terminar casi nada, más bien acumulo muchos versos sueltos y algunos poemas inconclusos que no me satisfacen; pero ahí están apilándose, formando un batiburrillo al que en cualquier momento puedo volver para extraer ideas o temas.

Fijaos si estas horas acaracoladas me benefician que soy capaz de comer masticando más de un par de veces cada bocado. Eso hace que digiera mejor la comida y remitan mis habituales digestiones pesadas y ardentías. Sin hacerlo de forma consciente, sólo porque viene implícito en el ambiente, como si hubiera firmado un contrato con el verano que me exige colgarme cabeza abajo de las manecillas del reloj, como el perezoso amazónico de su rama, y dejar que la gravedad me diga cuando debo dejarme caer.

Y hay más efectos positivos. Como saber, ese descubrimiento anual sorpresivo, que tengo mucho tiempo por delante y que ni siquiera tengo que ordenar el día porque lo hace él solo. No os pasa que cuando encorsetáis las tareas que tenéis por delante enseguida aparecen otras accesorias a las que hay que buscarles lugar y después otras necesarias para llegar a estos colgajos que le salieron a la idea primigenia y así nivel tras nivel hasta que tenéis que pedirle la agenda al vecino para poder recoger todas las acciones que procrastinaréis. Pues a mí me pasa, cuanto más orden quiero poner más me descontrolo. Y ahora las acciones caen como gotas desde su estalactita, cuando toca, sin que nada perturbe o adelante el momento oportuno.

En fin, que soy un declarado fan de la calma, del piano elevado al cuadrado, de los huevos cuadrados y de la mirada bobalicona perdida en el horizonte.

Por eso, porque ha caído la gota mineralizada, os cuento la historia del nuevo inquilino, que es el que me ha hecho pensar en todo esto de la tranquilidad como principio vital. Un gato, otro, encontrado por T. en la calle llorando como un violín violado, su maullido lastimero creado para despertar esa bondad que infrautilizamos. Blasa, porque es hembra, me gusta Blasa, y al día siguiente el veterinario pellizcándole los huevos al minino y yo jurando que eso anoche no lo tenía y que ha debido de cambiar de sexo mientras dormía porque era gata, de verdad que era gata, lo juro. 

Blasa, después conocida como Blas.
 
Pues sí, eso es lo que quería contar. Que tengo un gato nuevo, que es muy bonito, muy cariñoso y que tiene dos huevos como dos cocos. Yo quería una niña por eso de la parejita, soy muy tradicional por mucho que pretenda dar imagen de progresista progresivo y adelantado a mi tiempo que como ya he dicho camina lento y no es muy complicado de sobrepasar.

Mi nuevo gato transexual juega con Federico, el otro felino de la casa, y están los dos la mar de entretenidos. Así que ya no necesito la televisión para quedarme dormido después de comer, me vale con observarlos hacer cosas de gatos. He aquí otra ventaja del verano, me ha traído un entretenimiento inesperado.

sábado, 17 de agosto de 2013

Pasiones y vicios personales y comunes.

Leyendo a Marina me pongo a repasar mis pasiones y me doy cuenta de que las tengo muy “malamente” repartidas.

Mi ánimo es como esa escena de dibujos animados en la que el gato es agujereado al caer en un cactus y después bebe agua que se le escapa por todos los orificios. Le faltan dedos para tapar todos esas fugas. Algo así me pasa a mí. No es que sea más infeliz que nadie pero es obvio que estoy insatisfecho. El caso es que no recuerdo cuando me caí en el cactus pero día a día es evidente que todo el líquido que tomo se me escapa en su mayoría y acaba derramado a mis pies. Camino sobre charcos que yo mismo produzco. Me vierto persiguiendo deseos que no me pertenecen y aplazo la caza de los que si son míos, que para eso los he parido.

Repasa Marina la concepción dual que desde los papás de Grecia se ha tenido de la pasión. Por un lado ha sido enemiga acérrima de la razón y de una timorata moral que se hizo aun más estirada y mojigata tras el triunfo por estos lares de la religión cristiana; pero por el otro es el agente energizante de las grandes acciones del hombre. Es causa y consecuencia al mismo tiempo de los logros y de las neuras contenidas en ese sustrato común que todos compartimos en nuestra forma de pensar y pensarnos sobre y en el mundo.

Repaso mis pasiones y encuentro las dos vertientes sin muchos problemas. Pasión forzada, exceso de celo, ansias por competir y lograr un buen desempeño en tareas que me importan un comino; pero también pasión que me mantiene alerta a los estímulos que pueden contribuir a que mi yo aumentado y mejorado, mi yo ideal, esté un poco más cerca.

El libro que me lleva a esta superficial reflexión es “Pequeño tratado de los grandes vicios” y os lo recomiendo de todas, todas. Me gusta de Marina lo claro que sabe exponer las ideas y aunque, para un lego como yo en filosofía, a veces la profusión de citas puede abrumar, es verdad que suelen ser muy aclaratorias y explicativas. Pequeños peldaños que te llevan a otros lugares.

Personalmente tengo muchos vicios que deben ser algo así como sentimientos o pasiones podridos, como una ciruela olvidada en un rincón de la nevera. Saber de dónde vienen quizás no hará que desaparezcan pero puede que me ayude a controlarlos.

Que tengan ustedes buenas lecturas de verano. Ese sería un vicio a potenciar.

martes, 23 de julio de 2013

Fértiles Insectos

Nota informativa sobre actividades del autor de este blog:

Una vez terminada la labor de meter en tarros una buena colección de “Insectos” y alimentarlos durante un tiempo con terrones de azúcar, el sábado pasado pude comprobar como mi labor ha dado sus frutos y los botes donde había un solo ejemplar ahora guardan dos.

El que quiera uno de mis bichos amaestrados puede pedirlo al domador mandando un correo electrónico a virtomono2@gmail.com, entrando en contacto con la proveedora de tarros (EspiralLiteraria) o en tiendas especializadas como BirlibirloqueUnGato en Bicicleta o Les Hores.

El afortunado poseedor de uno podrá comprobar como Laura del Valle los aseó y dejó como un pincel y como intenté describirlos y entenderlos, consiguiéndolo a medias porque ellos tienen su vida propia y son muy suyos.

Lo dicho o lo bicho:

Segunda edición del poemario “Insectos” de Víctor L. Briones Antón ya disponible. Lo que quiere decir que tengo que dar las gracias a todos los que han hecho posible que el libro se agotara.


Ya sabemos lo pesadas que pueden llegar a ser las moscas especialmente si eres sandía.

jueves, 11 de julio de 2013

Me voy dejando señales

Como el armazón del sillón que T armó y que utilizo para sostener todos los libros que me quedan por leer y que voy acumulando según el único deseo que no aplaco. Allí también tres libretas. La pequeña para los versos breves, ya desgalichada, con las pastas desprendidas y que he ido utilizando, hasta saber que el contenido oportuno es el que hoy guarda, como diario, como material de apuntes que me acompañaba en el bolso y como agenda. El cuadernillo escolar de pastas verdes que uso para trabajar los versos y que compré, creo, en uno veinte duros junto con otros iguales pero con las pastas de colores variados; también está mi diario, mi terapeuta de celulosa, mi vergüenza y la materialización de los debería hacer esto o aquello. El espejo en el que me miro, el que me ofrece una visión atinada de mi distorsión.

Papel y cartón abigarrado y confuso. Añado de vez en cuando nuevos mendigos a ese lecho de pulga. Se quedan ahí silenciosos e ignorados, tratando de recordarme que por mucho que quiera llevar una vida productiva mi verdadera naturaleza tiene más que ver con las letras apiladas y con los retiros de esta realidad para poder mirarla desde fuera, desde los oteros que todas esas hojas más o menos ordenadas me ofrecen.

Señales como el taponamiento cíclico de mis oídos en verano, tras el primer baño en la playa o en la piscina. Acaso no quiere mi sabio cuerpo abotargado que escuche los ruidos y voces que me rodean. Todos los años lo dudo, no sé si acudir al médico para que me desatasque los oídos porque esta ración extra de silencio que viene en la época en que mejor suelo andar de ánimo por el efecto girasol que me hace buscar la luz y el calor me da que pensar. La sordera selectiva es un arte complicada de dominar pero tentadora.

También está el hambre de carretera. Es porque no tienes un duro gilipollas, me suelo decir. En parte es así. Mis viajes en los días vacacionales no pueden ser tipo cheque en blanco y tengo que apurar presupuestos escuálidos. Pero es que me gusta así. Tengo muchos recuerdos de carretera, de movimiento tranquilo del coche, de ir hilando conversaciones o quemando canciones y cigarrillos mientras que los kilómetros van pasando. Creo que recuerdo mejor los viajes en los que conduzco atrapado por una demencia suave, por un afán diluido de moverme por moverme. Calcular cuánta distancia recorro, hacer memoria de las carreteras que ya he transitado, imaginar las nuevas, hacer predicciones sobre el paisaje o las gentes que encontraré cuando el coche se detenga; predicciones que siempre yerran más que aciertan.

Y por último, el desarreglo interno de mi reloj. El desapego a los ritmos de la rutina que se traduce en un sueño irregular y repartido de forma caprichosa a lo largo del día. Comer cuando tengo hambre, dormir cuando tengo sueño, escribir cuando tengo letras, pero sobre todo, dejar de analizar las horas con los ojos ajenos del que suelo ser el resto del año.



Son señales que suelo segar como el trigo después del verano. Debería prestar más atención y dejar que este hombre que observa en lugar de diseccionar estuviera más suelto durante el resto del año.

viernes, 28 de junio de 2013

Salvavidas

Os acordáis de ese restaurante estrecho que nos salvó la panza en una perpendicular a la Rua do Loreto en Lisboa? Yo recuerdo muy bien los pies palpitando, la mezcla de decepción porque se terminaba el viaje e irritación por la caminata absurda que los pocos euros que nos quedaban nos obligaron a realizar para buscar un sitio asequible donde comer. Recuerdo la esquina en la que estaban encajadas las mesas, muy juntas, sobre una plataforma triangular jalonada por dos calles que bajaban hacia el Tajo. Las profusión de guirnaldas, los parasoles más grande de lo que el espacio admitía y la sonrisa al sentarnos y ver la variedad de alimentos que nos podíamos echar al estómago sin tener que preocuparnos de cómo pagar la gasolina para el coche.

Fue un descubrimiento, un consuelo, una alegría, un salvavidas. Ya después vino el viaje de vuelta en el que nos perdimos por obra y gracia de un gps al que seguí como si de mi dios verdadero se tratara. Pero nos dio igual porque estábamos satisfechos y nos lo tomamos más como un tranquilo regreso que como un inconveniente. Os acordáis como paramos a tomar pasteles de Belem en la estación de servicio justo en la frontera? Yo recuerdo a todos dormidos, la música suave, mis manos en el volante y las carreteras secundarias hasta esa estación de servicio. Recuerdo la calma y los baches que me hacían cosquillas en el estómago, los pueblos dispersos y blancos, las ganas de que ese dios de la técnica siguiera confundiéndonos. La esperanza de perdernos para siempre.

Os acordáis?

Pues necesito ese restaurante o algo que se le parezca ahora, necesito que las horas de mis días se acerquen a ese sentimiento de descubrimiento y alivio. No pido todas, pero sí algunas al día. Porque en caso contrario me voy a dejar llevar porque tengo las piernas adormecidas de flotar en este mundo líquido y salado, ya no las siento, y sería muy sencillo soltarme del madero, dejarme caer al fondo sin saber cuando se apagará esa chispa de conciencia que aun me hace desear la existencia para la que estoy preparado y no esta con código de barras.

Os acordáis cómo mirábamos en cada bocacalle y parábamos en cada tienda mientras buscábamos el restaurante. La igreja de Santa Catarina en lo alto de la calle empinada marcando el límite de la ascensión. A la iglesia es lo más lejos que llego, pensaba yo. En mi bolso aún guardo un testigo de esa ascensión, una libretita de notas que compramos en aquella papelería desastrada, de una calidad fuera de lo común, de pastas duras color azulón para resistir el envite de mi diógenes portátil. Hasta la iglesia, no aguanto más el hambre. Y cómo volví a pedir pescado y volví a ser sorprendido con que en el plato no vino lo que esperaba a pesar de que en esta ocasión parecía inconfundible el nombre, pez espada. Pero eso era otro pez, un pez desarmado, de carne blanca que se desmenuzaba al roce del tenedor. Nada que ver con la recia textura del pez espada al que estoy acostumbrado. Me encogí de hombros y comí, apuré el plato y las horas que nos quedaban en esa ciudad maravillosa. La digestión de Lisboa no acaba nunca. Aun hoy se van incorporando retales pasados por el tamiz de mi imaginación a ese paraíso sentimental en que se ha convertido esa ciudad.

Os acordáis? Claro que os acordáis. Cómo me gustaría poder hurgar en vuestro recuerdo, compararlo con el mío, sacar más piezas con las que alimentar mi imaginación constructora.

Mientras escribía estas líneas que en principio iban a quedar recogidas en los “Apuntes de Lisboa” para mi autoconsumo, no he podido resistirme a buscar en el el satélite del maps ese restaurante. Tenía la esperanza de no encontrarlo, de que lo hubieran derruido o que simplemente hubiera sido un producto de esa imaginación que uso para crear espacios soportables. Pero no, la prosaica profusión de información de hoy en día, domada con un par de clics, me ha llevado allí. Estaba tal cual lo recordaba y he sentido pena. Claro que yo sabía lo que buscaba, por eso he encontrado.

Os acordáis? Yo sí. Cuando regrese a Lisboa no volveré a ese sitio.

jueves, 20 de junio de 2013

Diccionario del diablo XXII


COMPROMISO, s. Arreglo de intereses en conflicto que le otorga a cada adversario la satisfacción de creer que consiguió lo que no le correspondía, y que no fue privado de nada, salvo de la obligación de cumplir con su palabra.

Cuando su novia actual vio demasiadas mujeres en la sala del tanatorio decidió pasar lista. Abrió el féretro y tomando el brazo derecho comenzó a leer desde el hombro.

Laura. Me dejó el 19-06-2013, Joder esto fue ayer! Donde está esta Laura? —Preguntó mientras observaba como todas en la sala agachaban la cabeza y dirigían su mirada hacia el suelo. En el fondo, junto a la puerta, se escuchó el repiqueteo rápido de unos tacones contra el mármol.

lunes, 13 de mayo de 2013

Excusatio non petita...

Ahora que estoy comenzando a escribir aquí después de no sé cuanto tiempo no dejo de pensar que con demasiada frecuencia este espacio ha acogido justificaciones por las tendencias guadianescas del autor. Pero siempre acabo volviendo, son muchos los amigos y momentos buenos que se asocian a este naranja chillón.

Puede haber muchas excusas, muchas razones para una ausencia.

Los aldeanos se ausentaron, pasaron tres kilos según declaró ella, cuando la lechera fue atacada por su lobo. Ella se lo buscó, dijo el portavoz tras el entierro. El hartazgo.

El dinosaurio de Monterroso no va a estar ahí para siempre. Dormir mucho impide prestar atención a la vida. Así que cualquier día puedes encontrarte sólo cuando abras los ojos y, créeme, la ausencia de un saurio se nota enseguida. Cansancio.

El nogal era tan grande, tan viejo; tenía la copa tan extensa que cuando en una punta daba frutos en la contraria aun eran tiernos los brotes. La ardilla jamás pudo encontrar un sólo fruto, alguna vez estuvo a punto, pero siempre llegaba cuando las nueces ya habían caído. Desorientación.


Se olvidó de lo esencial. El cocinero que preparó el banquete más monstruoso de la historia murió, famélico, cuando el último invitado apuró el último postre. Inconsciencia.

A veces una persona, sin darse mucha cuenta, hace que toda su energía se encauce hacia actividades a las que le da muy poca importancia porque si se las tomara demasiado en serio no las afrontaría. Pero poco a poco dedica más tiempo y más atención a esas tareas, poco a poco el trabajo se va revistiendo de ilusión y satisfacción. A veces una persona es capaz de decidir según sus propias preferencias y no según las obligaciones o las opiniones ajenas. Prioridad.

Pero no podría dejar este espacio, no ahora, no de momento. Todo tiene un final o se enfrenta a un cambio para ser otra cosa. De momento he vuelto con este texto improvisado. Volver siempre es agradable. Mañana ya veremos.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Diccionario del diablo (XXI)

Lo sé, todos los años la misma matraca, pero yo no puedo resistirme a hablar de las tradiciones ancestrales, no me gustan pero ahí están, no las entiendo pero soy parte de ellas. Qué lo disfruten!


PROCESIÓN, s. Reunión de idiotas confirmados, que no han cultivado el sentido de lo ridículo.
No dejéis de ir a conocer al Capitán Nazareno

1.
Mira hijo, ya sé que la máquina de control meteorológico será usada un año más por nuestro intransigente gobierno, pero no te puedes rendir, no podemos dejar de salir, moriría la tradición más bella, la única que queda en este país de hombres vacíos.

Pero padre, el año pasado ya estuvo usted a punto de morir de una pulmonía, quizás lo mejor sería que descansara este año, yo iré por usted. Además, se rumorea en la hermandad que planean un huracán para el día de nuestra estación de penitencia. En el fondo padre, no es estúpido morir por una tradición?

Hijo mío ya sé que tu no lo entiendes del todo, que cuando yo ya no esté es probable que abandones, así que te lo voy a poner fácil, voy a salir, aunque programen para el día de la procesión las nuevas siete plagas.

Pero padre qué haremos si le perdemos, todos le quieren, sus nietos quedarían desolados. Le necesitamos aquí padre.

Mis hermanos también me necesitan y esto no tiene nada que ver con el amor hijo mío, tiene que ver con el orgullo, con ser hombres encadenados, nada es más importante que poder creer en algo, que te dejen creer en lo que ellos consideran obsoleto.


2.
La procesión va por dentro, Mari Toñí, qué quieres que te diga!

Pues muhé, debe ser la macarena con los armaos desafinando, porque ya hace tres años que el Manolo se mató. Qué sí, que lo encontraron ajorcao y vestido con tu mantilla! Qué fue una vergüenza, qué sí! Pero, Mari Pepa, qué quieres que te diga, yo ya estoy jarta de tener que ir a ver la madrugá sola, es que ni llorá me sale si no lo hacemos juntas Pepita.

Toñita, es que a mí me importa tres cirios lo del Manolo, pero a ver quién es la valiente que se pone la mantilla de un muerto?!

Si no te lo gastaras todo en caridad, Mari... pues te comprabas una nueva y listo.

Si pagaras alguna vez cuando invitamos al párroco a comer torrijas en el Corte Inglés, Mari...

lunes, 4 de marzo de 2013

La D es muda

Nunca decepciona, pero no os parece que Tarantino se está empezando a repetir un poco. Pero claro, quién se cansa de ver películas sobre la sana venganza. Quién no quiere ver un poquito de justicia a palo seco en estos tiempos (en cualquier tiempo en realidad). Ahí reside parte del éxito de lo que este señor pergeña; justo ahí, en la fibra sensible del bicho cabreado que llevamos dentro y que él tan bien sabe alimentar llegando a lo que podría ser un arquetipo de la forma de sentir humana, algo tan sencillo como “si me puteas pues te meto un tiro”.

Por eso y porque hay que reconocer que el hombre sabe envolver muy bien sus paquetes, casi siempre explosivos. Aun es capaz de encontrar formas nuevas de muerte sádica en cada película que estrena. Sigue afinando bien las bandas sonoras que son como esos bocadillos que me hacía de pequeño los domingos cuando aun mi madre dormía. Bocadillos de varias capas, con pan de molde, y en los que cohabitaban chocolate con chorizo en un suave y perfecto maridaje. Cómo disfrutaba de esos atracones furtivos! Sigue sacando mucho de los actores, sin pasarse en sus caricaturas; porque él no crea personajes, caricaturiza. Pero aun así, le echaremos las culpas a las expectativas, en esta me ha faltado algo.

No me entendáis mal, he disfrutado, pero la previsibilidad a veces mata el encanto. Quizás si hubiera ido a verla antes, sin que hubieran mediado los comentarios elogiosos de los que ya la habían visto, no me hubiera decepcionado como Sheldon Cooper cuando le dicen que el último de Flash es extraordinario. Pero vamos que me lo he pasado bien, así, sin más.

Eso sí, de camino a casa, después de haber echado una de esas meadas-orgasmo tan típicas tras una película de tres horas, he salido a la avenida que linda con la dársena del Guadalquivir y he escuchado como las bandas de música ensayan sus marchas para la Semana Santa. Me he parado un segundo a escuchar y tras un primerísimo primer plano de mi boca con una media sonrisa apresando un cigarrillo mal liado he pensado: “Para cuando una de Tarantino que empiece en la Plaza del Salvador mientras sale la borriquita”.

viernes, 1 de marzo de 2013

Diccionario del diablo (XX)

PEREZA, s. Injustificable forma de descansar de una persona de poca importancia.

Salía poco. Pocos entraban en su piso.

Cuando salía siempre iba desaliñado, comentaba su vecina en prime time. Cuando alguien entraba venía con unas pintas muy raras, comentaba la misma vecina en prime time.

Su última salida no fue por la puerta.

Sólo se le vio una vez en la reunión de vecinos, se quejó de lo lento que el ascensor llegaba a su planta, la última, y se fue, comentaba el presidente de la comunidad en prime time.

jueves, 24 de enero de 2013

Por qué corren los galgos?

Para coger al conejo, y se llevaba la cerveza a los labios. Después supe que ese conejo no era más que una imitación, una felpa sobre metal que corría tanto porque, como los trenes, viajaba sobre un riel. Tuvieron que pasar varios años para que me diera cuenta, de niño nunca fui muy avispado. En esas tardes de canódromo me preguntaba cómo el conejo podía a la vez guardar el equilibrio sobre esa especie de pasamanos que dibujaba el óvalo interior de la pista de carreras y conseguir correr tanto sin caer a la arena batida y ser despedazado a mordiscos por la jauría de perros.
Corren porque lo llevan en la masa de la sangre mijo, como nosotros, hay que perseguir algo en la vida, entonces veía el vaso vacío y sabía que me tocaba ir a por otra cerveza. Yo bebía mi refresco de limón directamente del botellín, entonces no tenía tantos remilgos y no me importaban los restos de óxido en el gollete. Le entregaba su vaso relleno y me quedaba mirándole. El mentón apretado, la oreja con los pelos sin recortar, pelos como púas.

Ya más mayor, asumido el trauma de que el conejo era un tren en miniatura con un trapo encima, papá seguía llevándome al canódromo y explicándome lo que él llamaba la ley del galgo. Un día, cuando me repetía la cantinela, Debemos perseguir algo en la vida, le corté con brusquedad, A ver si me he enterado padre, le dije, tenemos que perseguir un paño que tapa unas tripas de metal, me miró, apuró su cerveza como siempre, Anda niño ve a por otra y pide para ti también. Mi primera cerveza acompañada de la vista habitual de su perfil: oreja de puercoespín, patilla entrecana y el mentón mal afeitado,tenso, muy tenso.

El siguiente fin de semana me negué a acompañarlo. Me quedé en casa, apenas me moví del gran sofá tapizado de pana beige. Papá no vino a almorzar. Llegó de madrugada, Viene como una cuba, me dijo mi madre. Trajo en una caja de cartón un rollizo conejo algodonoso, blanco, con una mancha color café enmarcando su ojo izquierdo.

No volví al canódromo, me quedaba en casa escuchando a mamá insultar al conejo mientras le daba trozos de apio. Papá siguió llegando de madrugada, Como tu querido conejo hijo mío, tu padre es un animal de costumbres, me decía blandiendo una zanahoria que bajaba de repente hacia la caja dónde dormitaba el pobre roedor intentando darle la estocada final, Es bonito verdad hijo, muy bonito, pero se va a morir pronto, estos bichos no duran mucho.