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viernes, 28 de junio de 2013

Salvavidas

Os acordáis de ese restaurante estrecho que nos salvó la panza en una perpendicular a la Rua do Loreto en Lisboa? Yo recuerdo muy bien los pies palpitando, la mezcla de decepción porque se terminaba el viaje e irritación por la caminata absurda que los pocos euros que nos quedaban nos obligaron a realizar para buscar un sitio asequible donde comer. Recuerdo la esquina en la que estaban encajadas las mesas, muy juntas, sobre una plataforma triangular jalonada por dos calles que bajaban hacia el Tajo. Las profusión de guirnaldas, los parasoles más grande de lo que el espacio admitía y la sonrisa al sentarnos y ver la variedad de alimentos que nos podíamos echar al estómago sin tener que preocuparnos de cómo pagar la gasolina para el coche.

Fue un descubrimiento, un consuelo, una alegría, un salvavidas. Ya después vino el viaje de vuelta en el que nos perdimos por obra y gracia de un gps al que seguí como si de mi dios verdadero se tratara. Pero nos dio igual porque estábamos satisfechos y nos lo tomamos más como un tranquilo regreso que como un inconveniente. Os acordáis como paramos a tomar pasteles de Belem en la estación de servicio justo en la frontera? Yo recuerdo a todos dormidos, la música suave, mis manos en el volante y las carreteras secundarias hasta esa estación de servicio. Recuerdo la calma y los baches que me hacían cosquillas en el estómago, los pueblos dispersos y blancos, las ganas de que ese dios de la técnica siguiera confundiéndonos. La esperanza de perdernos para siempre.

Os acordáis?

Pues necesito ese restaurante o algo que se le parezca ahora, necesito que las horas de mis días se acerquen a ese sentimiento de descubrimiento y alivio. No pido todas, pero sí algunas al día. Porque en caso contrario me voy a dejar llevar porque tengo las piernas adormecidas de flotar en este mundo líquido y salado, ya no las siento, y sería muy sencillo soltarme del madero, dejarme caer al fondo sin saber cuando se apagará esa chispa de conciencia que aun me hace desear la existencia para la que estoy preparado y no esta con código de barras.

Os acordáis cómo mirábamos en cada bocacalle y parábamos en cada tienda mientras buscábamos el restaurante. La igreja de Santa Catarina en lo alto de la calle empinada marcando el límite de la ascensión. A la iglesia es lo más lejos que llego, pensaba yo. En mi bolso aún guardo un testigo de esa ascensión, una libretita de notas que compramos en aquella papelería desastrada, de una calidad fuera de lo común, de pastas duras color azulón para resistir el envite de mi diógenes portátil. Hasta la iglesia, no aguanto más el hambre. Y cómo volví a pedir pescado y volví a ser sorprendido con que en el plato no vino lo que esperaba a pesar de que en esta ocasión parecía inconfundible el nombre, pez espada. Pero eso era otro pez, un pez desarmado, de carne blanca que se desmenuzaba al roce del tenedor. Nada que ver con la recia textura del pez espada al que estoy acostumbrado. Me encogí de hombros y comí, apuré el plato y las horas que nos quedaban en esa ciudad maravillosa. La digestión de Lisboa no acaba nunca. Aun hoy se van incorporando retales pasados por el tamiz de mi imaginación a ese paraíso sentimental en que se ha convertido esa ciudad.

Os acordáis? Claro que os acordáis. Cómo me gustaría poder hurgar en vuestro recuerdo, compararlo con el mío, sacar más piezas con las que alimentar mi imaginación constructora.

Mientras escribía estas líneas que en principio iban a quedar recogidas en los “Apuntes de Lisboa” para mi autoconsumo, no he podido resistirme a buscar en el el satélite del maps ese restaurante. Tenía la esperanza de no encontrarlo, de que lo hubieran derruido o que simplemente hubiera sido un producto de esa imaginación que uso para crear espacios soportables. Pero no, la prosaica profusión de información de hoy en día, domada con un par de clics, me ha llevado allí. Estaba tal cual lo recordaba y he sentido pena. Claro que yo sabía lo que buscaba, por eso he encontrado.

Os acordáis? Yo sí. Cuando regrese a Lisboa no volveré a ese sitio.

jueves, 20 de junio de 2013

Diccionario del diablo XXII


COMPROMISO, s. Arreglo de intereses en conflicto que le otorga a cada adversario la satisfacción de creer que consiguió lo que no le correspondía, y que no fue privado de nada, salvo de la obligación de cumplir con su palabra.

Cuando su novia actual vio demasiadas mujeres en la sala del tanatorio decidió pasar lista. Abrió el féretro y tomando el brazo derecho comenzó a leer desde el hombro.

Laura. Me dejó el 19-06-2013, Joder esto fue ayer! Donde está esta Laura? —Preguntó mientras observaba como todas en la sala agachaban la cabeza y dirigían su mirada hacia el suelo. En el fondo, junto a la puerta, se escuchó el repiqueteo rápido de unos tacones contra el mármol.