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martes, 23 de julio de 2013

Fértiles Insectos

Nota informativa sobre actividades del autor de este blog:

Una vez terminada la labor de meter en tarros una buena colección de “Insectos” y alimentarlos durante un tiempo con terrones de azúcar, el sábado pasado pude comprobar como mi labor ha dado sus frutos y los botes donde había un solo ejemplar ahora guardan dos.

El que quiera uno de mis bichos amaestrados puede pedirlo al domador mandando un correo electrónico a virtomono2@gmail.com, entrando en contacto con la proveedora de tarros (EspiralLiteraria) o en tiendas especializadas como BirlibirloqueUnGato en Bicicleta o Les Hores.

El afortunado poseedor de uno podrá comprobar como Laura del Valle los aseó y dejó como un pincel y como intenté describirlos y entenderlos, consiguiéndolo a medias porque ellos tienen su vida propia y son muy suyos.

Lo dicho o lo bicho:

Segunda edición del poemario “Insectos” de Víctor L. Briones Antón ya disponible. Lo que quiere decir que tengo que dar las gracias a todos los que han hecho posible que el libro se agotara.


Ya sabemos lo pesadas que pueden llegar a ser las moscas especialmente si eres sandía.

jueves, 11 de julio de 2013

Me voy dejando señales

Como el armazón del sillón que T armó y que utilizo para sostener todos los libros que me quedan por leer y que voy acumulando según el único deseo que no aplaco. Allí también tres libretas. La pequeña para los versos breves, ya desgalichada, con las pastas desprendidas y que he ido utilizando, hasta saber que el contenido oportuno es el que hoy guarda, como diario, como material de apuntes que me acompañaba en el bolso y como agenda. El cuadernillo escolar de pastas verdes que uso para trabajar los versos y que compré, creo, en uno veinte duros junto con otros iguales pero con las pastas de colores variados; también está mi diario, mi terapeuta de celulosa, mi vergüenza y la materialización de los debería hacer esto o aquello. El espejo en el que me miro, el que me ofrece una visión atinada de mi distorsión.

Papel y cartón abigarrado y confuso. Añado de vez en cuando nuevos mendigos a ese lecho de pulga. Se quedan ahí silenciosos e ignorados, tratando de recordarme que por mucho que quiera llevar una vida productiva mi verdadera naturaleza tiene más que ver con las letras apiladas y con los retiros de esta realidad para poder mirarla desde fuera, desde los oteros que todas esas hojas más o menos ordenadas me ofrecen.

Señales como el taponamiento cíclico de mis oídos en verano, tras el primer baño en la playa o en la piscina. Acaso no quiere mi sabio cuerpo abotargado que escuche los ruidos y voces que me rodean. Todos los años lo dudo, no sé si acudir al médico para que me desatasque los oídos porque esta ración extra de silencio que viene en la época en que mejor suelo andar de ánimo por el efecto girasol que me hace buscar la luz y el calor me da que pensar. La sordera selectiva es un arte complicada de dominar pero tentadora.

También está el hambre de carretera. Es porque no tienes un duro gilipollas, me suelo decir. En parte es así. Mis viajes en los días vacacionales no pueden ser tipo cheque en blanco y tengo que apurar presupuestos escuálidos. Pero es que me gusta así. Tengo muchos recuerdos de carretera, de movimiento tranquilo del coche, de ir hilando conversaciones o quemando canciones y cigarrillos mientras que los kilómetros van pasando. Creo que recuerdo mejor los viajes en los que conduzco atrapado por una demencia suave, por un afán diluido de moverme por moverme. Calcular cuánta distancia recorro, hacer memoria de las carreteras que ya he transitado, imaginar las nuevas, hacer predicciones sobre el paisaje o las gentes que encontraré cuando el coche se detenga; predicciones que siempre yerran más que aciertan.

Y por último, el desarreglo interno de mi reloj. El desapego a los ritmos de la rutina que se traduce en un sueño irregular y repartido de forma caprichosa a lo largo del día. Comer cuando tengo hambre, dormir cuando tengo sueño, escribir cuando tengo letras, pero sobre todo, dejar de analizar las horas con los ojos ajenos del que suelo ser el resto del año.



Son señales que suelo segar como el trigo después del verano. Debería prestar más atención y dejar que este hombre que observa en lugar de diseccionar estuviera más suelto durante el resto del año.