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viernes, 20 de diciembre de 2013

La saga de Charlie Parker.


Andaba yo un día repasando los blogs que sigo habitualmente y me topé con una recomendación que venía desde “Volando a ras de suelo”. Allí se juntan el cachondeo, la reflexión (que parece oculta, pero está) y un tono y sensibilidad que me gustan especialmente, por amable y sencillo. En una entrada se hablaba de un tal Connolly y de su saga de novela negra-policiaca-paranormal protagonizada por un tal Charlie “Bird” Parker. Por ese entonces estaba yo con una pereza vital considerable que se traducía en una abulia en mis lecturas. La recomendación exponía bastantes virtudes de las novelas y como apenas había leído nada de este género, en teoría “ligero” y por tanto tan adecuado para mi estado de ánimo, me dije, pues voy a probar. Me leí la primera, cogí carrerilla y hasta hoy que os hablo de la que creo es la sexta novela de la serie. Deseando estoy ya de hincarle el ojo a la siguiente.  

En otros periodos de vagancia lectora había recurrido a los recopilatorios de relatos de ciencia ficción. Ya sabéis, historias que transcurren rápido, con mucha acción y poca reflexión. Todas estas características están presentes en las novelas de Connolly. Son trepidantes, todo transcurre bastante rápido y tienen además un toque sobrenatural que me retrotrae a mis inicios lectores en los que devoraba historias de terror hasta el empacho. Pero además tienen calidad y no están tan vacías, no son simples novelas de entretenimiento. 
 

Las tramas se sitúan en Estados Unidos, lugar en el que el escritor reside al parecer gran parte del año a pesar de su procedencia irlandesa. Encontraremos a un detective privado que tuvo que salir del cuerpo de policía porque no se callaba una, uno de esos tipos problemáticos pero que por dentro sufre mucho; con un pasado también tormentoso y que además tiene una especie de don que en el devenir de las diferentes tramas se va convirtiendo casi en una maldición (aquí está el toque esotérico o misterioso del que os hablaba).


Hasta este libro que acabo de terminar, El Ángel Negro, las historias se apoyan en el protagonista, en Charlie Parker, claro, para eso es su saga, pero hay al menos otros tres secundarios que dan mucho juego y a los que también he cogido cariño. Dos amigos muy poco recomendables de Parker y una mujer que le apoya pero también supone una dificultad para poder llevar adelante los casos. Estos acompañantes habitules aportan variedad y están, sobre todo por aparecer en todas las entregas (hasta esta, no sé lo que pasará en el futuro), bien dibujados y construidos. A uno de ellos le tengo especial cariño porque con todo lo que tiene a sus espaldas aparece como un tío de lo más pasota, que hace lo que hace con una naturalidad que a mí me asombra. Qué le tengo envidia vamos!


Si os pica la curiosidad, la Editorial Tusquets es la que publica las novelas en nuestro país. Así que para los amantes del género o para los que, como yo, buscan algo con qué entretenerse y que tenga un plus de calidad, ya sabéis. Además podéis empezar por la que queráis porque se leen bien por separado. Eso sí, como comencéis por la primera y os guste, estáis perdidos.


Acabo de darme cuenta de que no os he hablado en profundidad del libro que da título a esta entrada cómo era mi intención inicial. No lo haré, me conformo con haberos presentado al bueno de Charlie.
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domingo, 15 de diciembre de 2013

Diccionario del diablo XXIII

OPTIMISMO, c. Doctrina o creencia que sostiene que todo es hermoso, incluyendo lo feo; que todo es bueno, especialmente lo malo; y que está bien todo lo que está mal. Sus partidarios más tenaces son los que más acostumbrados están a la desgracia de caer en la adversidad, quienes generalmente la exponen con una mueca de mono sonriente. Como se trata de una fe ciega, no puede ver la luz de la reprobación. Es un trastorno intelectual que no cede ante ningún tratamiento, sino al de la muerte. Es hereditario, pero por suerte no es contagioso.


Es extraño verlos caminar bajo las luces de navidad. En una de las calles principales del centro, con las caras encendidas en una sonrisa, la mirada izada hacia los destellos. Hombres y mujeres polillas que salen a tomar un café intentando encontrar ideas que copiar para hacer sus interiores más luminosos. Van con accesorios: hijo con globo, suegra o madre con abrigo de falsa piel, bolsas de plástico ruidoso. Y sonríen, sonríen pero sin mover la boca, cómo si tuvieran la sonrisa pintada en la cara, estampada con una plantilla. Sonríen y miran arriba.

Yo intento imitarlos, ver lo que ellos ven en las luces irritadas, atisbar algo de la fuente de su hipnosis; pero enseguida alguien choca con mi hombro y me desestabiliza, uno de esos niños accesorios me da con el globo en la cara o alguien me pisa con sus flamantes botas nuevas que hoy estrena. Van distraídos, absortos en la contemplación. No se hablan, no se miran, sólo observan las luces y yo no sé que buscan. Entonces comienzo a sentir una inquietud, un frío que me baja de los ojos al estómago y se me cae hasta los pies y decido ir a algún bar cálido a pedir una copa. En los bares, que también se visten con luces y adornos, al menos la gente parece bajar la mirada y darse cuenta de que lo que tiene delante es otra persona. Entonces respiro, miro a mi alrededor y sé que, si se lo pidiera a cualquiera de los que están a mi lado, me ayudarían a arrancar todas las luces navideñas que decoran el centro de la ciudad.